sábado, 13 de enero de 2018

RESPETAR LA CREACIÓN, RESPETAR AL CREADOR. UNA REFLEXIÓN ECOLÓGICA DEL CARDENAL RATZINGER

«Si el hombre se disloca y ya no se aprecia a sí mismo, la naturaleza no puede prosperar»

Reproduzco un texto del Cardenal Ratzinger sobre el cuidado del medio ambiente, inspirado en la figura del gran santo de Asís. De sus palabras cabe deducir una importante lección: un ecologismo ideológico y ateo termina por dejar al hombre y su entorno en un ambiente de asfixia existencial.

«C
onsideremos la cuestión del medio ambiente. En este punto quisiera contar antes que nada una pequeña historia. Francisco pidió al hermano que cuidaba el huerto que no destinase toda la tierra para hortalizas comestibles, sino que dejara un trozo de tierra para plantas frondosas, que en su momento produjera flores para los hermanos por amor de quien se llama Flor del campo y lirio de los valles(Cant 2,1). Del mismo modo quería que se dispusiera siempre un rincón especialmente bonito para que, al ver las flores, los hombres se entusiasmaran en todo instante para la alabanza divina, pues toda creatura pregona y clama: «¡Dios me ha hecho por ti, oh hombre!» (Espejo de perfección, XI, 118). En esa historia no se puede dejar de lado sin más trámite lo religioso como asunto superado, para asumir solamente el rechazo del vil utilitarismo y la conservación de la variedad de las especies. Si eso se quiere, se está haciendo algo totalmente distinto de lo que hacía y quería Francisco. Pero, sobre todo, en esta historia no se percibe nada de resentimiento contra el hombre como supuesto perturbador de la naturaleza, resentimiento que hoy resuena en tantos discursos a favor de la naturaleza. Si el hombre se disloca y ya no se aprecia a sí mismo, la naturaleza no puede prosperar. Muy por el contrario: el hombre tiene que estar en coincidencia consigo mismo; solo entonces puede entrar en coincidencia con la creación, y ella con él. Pero solamente podrá alcanzar esto si se halla también en coincidencia con el Creador, que ha querido la naturaleza y nos ha querido a nosotros. El respeto por el hombre y el respeto por la naturaleza forman una unidad, pero ambos únicamente podrán prosperar y encontrar su norma propia si respetamos en el hombre y en la naturaleza al Creador y su creación. Solo desde él pueden unirse hombre y naturaleza. Ciertamente no recuperaremos el equilibrio perdido si nos negamos a avanzar en este punto. Por eso tenemos motivos más que suficientes para dejar que Francisco de Asís nos llame a la reflexión y nos acompañe en el camino». (Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, El resplandor de Dios en nuestro tiempo. Meditaciones sobre el año litúrgico, Ed. Herder, España 2008, p. 277). 



martes, 9 de enero de 2018

REFORMA LITÚRGICA: DEMASIADA ERUDICIÓN Y POCA SABIDURÍA

Extracto de la elogiosa cartaprefacio de Benedicto XVI al libro El Dios Trino del Cardenal Müller, fechada el día de San Ignacio de Loyola de 2017.

«C
uando yo asumí este cargo en 1981, el arzobispo Hamer –entonces secretario de la congregación para la doctrina de la fe– me explicó que el prefecto no debía ser necesariamente un teólogo, sino un hombre sabio que, al estar por encima de las cuestiones teológicas, no formulara juicios propios de  un especialista, sino que debía más bien comprender qué había que hacer por la Iglesia en un momento determinado. La competencia teológica debía concentrarse en el secretario, el que dirige la “consulta”, en la asamblea de teólogos expertos que, juntos, dan un juicio científico correcto. Pero, como en la política, la decisión final no pueden tomarla los expertos, sino los sabios que, además de tener familiaridad con el lado técnico, conocen toda la vida de una gran comunidad. Durante mis años de oficio intenté responder a este estándar. Si lo conseguí, es algo que otros deberán juzgar.
En los confusos tiempos que ahora vivimos, la convivencia entre el conocimiento técnico y la sabiduría sobre lo que, en última instancia, es decisivo me parece particularmente importante. Pienso, por ejemplo, que en la reforma litúrgica algunas cosas hubieran sido distintas si no se hubiera dejado la última palabra a los expertos, sino que hubiera habido más sabiduría al juzgar, lo que hubiera reconocido los límites del simple hombre de estudios».


Texto completo en infovaticana.com

viernes, 5 de enero de 2018

LECCIONES DE EPIFANÍA

Matthias Stom. La Adoración de los Magos. Foto wikimedia.org  

«E
ntre las maravillas que acaecieron el día que el Salvador nació (Cf Mt 2, 2), una de ellas fue aparecer una nueva estrella en las partes de Oriente, la cual significaba la nueva luz que había venido al mundo para alumbrar a los que vivían en tinieblas y en la región de la muerte.
Pues conociendo unos grandes sabios que en aquella región había, por especial instinto del Espíritu Santo, lo que esta estrella significaba, parten luego a adorar este Señor. Y llegados a Jerusalén, preguntan por el lugar de su nacimiento, diciendo: ‘¿Dónde está el que es nacido Rey de los Judíos?’ E informados allí del lugar de su nacimiento, y guiándolos la misma estrella que habían visto en Oriente, llegaron al portalico de Belén y allí hallaron al Niño en brazos de su Madre, y postrados en tierra le adoraron y ofrecieron sus dones, que fueron oro, incienso y mirra.
Donde puedes claramente ver la bondad y caridad inefable de este Señor, el cual apenas había nacido en el mundo cuando comenzó a comunicar su luz y sus riquezas al mundo, trayendo con su estrella los hombres tras sí de tan lejas tierras, para que por aquí veas que no huirá de los que le buscan con cuidado el que con tanta diligencia buscó a los que estaban tan descuidados.
Aquí tienes primeramente que considerar la devoción, la perseverancia, la fe, la ofrenda de estos santos varones, porque en cada cosa de éstas hay mucho que considerar y que imitar.
Considera, pues, primeramente la grandeza de su devoción, la cual los hizo poner a un tan largo camino, y tan gran trabajo y peligro, por venir a adorar este Señor y gozar de su presencia, y para que tú por aquí condenes a tu pereza viendo por cuán poco trabajo dejas muchas veces de gozar de este mismo beneficio, por no acudir a la casa de Dios, donde podrías ver a este mismo Señor y gozar de su presencia, y aun recibirlo dentro de tu alma por medio de la sagrada Comunión.
Mira también su grande constancia y perseverancia, pues desamparándolos la guía celestial, no por eso desmayaron ni volvieron atrás, sino prosiguieron constantemente su camino, usando de toda buena industria cuando les faltó la guía.
Donde se nos da un grande ejemplo para no desmayar ni aflojar en nuestros buenos ejercicios cuando nos desampara el rayo de la devoción y la luz y alegría de la suavidad interior, sino trabajar por pasar adelante, perseverando y continuando nuestros ejer­cicios, haciendo lo que es de nuestra parte y teniendo por cierto que la luz de la consolación que primero vimos volverá a visitarnos por mandado del Señor, como hizo a estos Santos la estrella, según aquello del Santo Job, que dice: “En sus manos es­conde la luz y mándale que otra vez torne a nacer, declarando por ella a sus amigos que Él es su posesión” (Job 36, 32).
Considera también la grande fe de estos santos varones, pues entrando en un tan pobre aposento, y no viendo ningún aparato ni insignias de Rey, no dudaron ser aquél Señor y Rey de todo lo criado, y así postrados por tierra con suma reverencia le adoraron.
Grande fue la fe del buen ladrón, el cual, en medio de las injurias de la Cruz, confesó el Reino del Crucificado; y también fue grande la de estos santos varones, pues en una tan grande pobreza y humildad adoraron y reconocieron la Divinidad y la Majestad.
¡Oh maravillosa niñez!, a cuyos pañales velan los Ángeles, sirven las estrellas, temen los reyes y se inclinan en tierra los seguidores de la sabiduría. ¡Oh bienaventurada choza! ¡Oh silla de Dios!, segunda del Cielo, adonde no resplandecen antorchas encendidas, sino resplandecientes estrellas. ¡Oh palacio celestial!, donde no mora rey coronado, sino Dios humanado, que tiene por estrado real un duro pesebre y por palacios dorados una choza ahumada, pero adornada y esclarecida con resplandor celestial» (Fray Luis de Granada, Vida de Jesucristo, Ed. Rialp, Madrid 1990, C. VI).

martes, 2 de enero de 2018

«CAMBIO EN LA RELIGIÓN» (2ª PARTE)


CAMBIO EN LA RELIGIÓN* (y II)
Por Mario Góngora

La explosión más fuerte del resentimiento ha sido la ofensiva contra la lengua sagrada de la Iglesia latina (que era también su lengua de unidad) y contra la misa tradicional confirmada por Pío V, pues se trataba del símbolo ritual supremo de la historia anterior a la Iglesia y de la expresión de su universalismo. En el fondo del nuevo lenguaje del culto está la lucha contra lo sagrado (en su afán de «cuotidianizar» todas las palabras, por ejemplo). Pero lo sagrado es una dimensión esencial de la humanidad, que se muestra ya en gestos y formas documentadas históricamente desde el comienzo, procedentes de una tradición primordial. Sin lo sagrado, no hay comunidad humana. Las consignas postconciliares desacralizadoras fueron lanzadas por los asesores sociológicos de la jerarquía, discípulos fieles de la famosa «Entzauberung der Welt» de Max Weber. Los frutos de todo ello se palpan no solamente en el escándalo producido por la supresión de lo antiguo, sino sobre todo en la fealdad de las formas sustitutas de lo sagrado. Se argumenta a menudo que la liturgia anterior también tuvo cambios en el transcurso de los siglos. Pero tales cambios se hicieron generalmente con genio positivo y con veneración, como descubrimientos de nuevos aspectos de lo sagrado y de la tradición, no como repudio iconoclasta. El repudio a los grandes símbolos peculiares es, en cualquier comunidad humana, un síntoma muy decisivo de disolución.
Nada más comprensible que todo este proceso, desde un punto de vista historicista profano. En una época de civilización mundial, de decadencia de la Cultura Occidental, tiende a producirse una uniformidad avasalladora y agresiva, que va arrasando con todos los valores provenientes del linaje o de las iglesias sacerdotales. Algo así ocurrió ya en la civilización mundial helenísticoromana. Lo que en la historia anterior del Catolicismo era cuestión de vida o muerte, era el test mismo de la fidelidad dogmas y ritos, pasan ahora a ser soberanamente indiferentes para el mismo sacerdocio. El Arzobispo Etchegaray, de Marsella, presidente de la Conferencia Episcopal de Francia, propuso hace poco convertir la cripta de una iglesia importante para la devoción mariana marsellesa en una sala de meditación en cuyos muros se reproducirían textos de las religiones llamadas monoteístas. Servicios protestantes (y a veces ceremonias de religiones no cristianas) suelen celebrarse en iglesias católicas europeas: al eclecticismo en el culto corresponderá así el sincretismo e las creencias. Sólo una cosa se prohíbe sañudamente: lo que precisamente se opone al sincretismo, el culto vigente antes del Concilio. La tradición es perseguida en la Iglesia.
Esos rasgos de la Iglesia actual hacen pensar en los estados Unidos, el país configurado por la mezcla de razas, naciones y religiones, y por la típica mentalidad «ilustrada» del siglo XVIII. Ya Benjamín Franklin proyectaba fundar en Filadelfia un templo para todas las religiones. Nos parece que, de una manera muy significativa, Roma procura acercarse al ideal y estilo norteamericano. Desde luego en el predominio de la actividad sobre la doctrina (lo que estigmatizaría León XIII en 1899 bajo el nombre mismo de «americanismo»). Pero sobre todo, repetimos, en el sincretismo, en la tolerancia teórica (no solamente práctica) de todas las ideas. Hay que recordar también que tantos movimientos de reacción antirracionalista, «revivalistas», pentecostalistas, «recarismáticos», etc., que forman el reverso del Aggiornamento liberalclerical, también han tenido su origen o tienen su auge en los Estados Unidos. (Hay que señalar que, en las épocas de civilización mundial, como en la antigüedad tardía, o como en el siglo XX, subterráneamente suelen aparecer, por debajo de la uniformidad de las religiones oficiales sincretistas, innumerables sectas o movimientos irracionalistas, los que procuran, a su manera entusiasta, rehacer la ritualidad abandonada por lo sacerdocios tradicionales; pero también en ellos la tradición está enturbiada: lo sacro no se inventa).
La «Ilustración de Masas», reedición de la Aufklärung a nivel del siglo XX, significa en el orden religioso que todo lo trascendente (dogmas, ritos, símbolos, mitos) queda evacuado en su íntima significación para dejar lugar, en realidad de verdad, a una moral humanitaria, a una política, a asambleas de culto en que la electrización del grupo humano importa más que el culto de glorificación a Dios. Se quiere interpolar en la lectura de los documentos fundacionales de la religión, violando su contexto misterioso, un mero conjunto de normas de comportamiento individual o político, un moralismo pacifista, democrático, socialista, etc. Es verdad que ya la Iglesia del siglo XIX forjó una doctrina política, radicalmente opuesta a la Democracia liberal (¡el Syllabus!), y una doctrina social corporativista, herencia del pensamiento romántico, hostil por lo tanto al capitalismo y al socialismo. Pero las doctrinas y documentos papales del siglo XIX han quedado ahora enteramente sepultadas en la Iglesia postconciliar, sustituidas por una fraseología y unos slogans de izquierda. La posición eclesiástica de hoy, a la inversa de las encíclicas papales de 1891 y 1931, es, cuando no activa colaboración del marxismo, en todo caso disolvente de toda tentativa de contener su avance. Cuando surgen las últimas heroicas resistencias al embate comunista, en seguida, el clero «postconciliar» procura despreciarlas, aislarlas, si pudiera ser destruirlas. Es la manera de ese clero de entregar la Iglesia a sus enemigos.
Un mundo de inconmensurable riqueza espiritual se ha ido dilapidando así por obra de una generación del clero deseosa de avenirse a toda costa con los poderes y prestigios de moda.
Históricamente, repetimos, esta constelación es perfectamente comprensible como sumersión por el Espíritu del Tiempo. Pero una Iglesia que se ha pensado siempre a sí misma como el Cuerpo de la Divinidad Encarnada; que vive, por tanto, según sus nociones más recónditas, en un tiempo que trasciende el tiempo históricomundial, ¿puede realizar esa sumersión sin apostatar?¿Puede la Iglesia concebirse a sí misma como idéntica al Mundo, hegelianamente, o al Movimiento del Mundo? Si se cree en una Iglesia individual, única y trascendente, que como toda individualidad se desarrolla, pero siempre a partir de un principio idéntico a sí mismo y concorde además con la tradición primordial de la humanidad, entonces, si se cree seriamente en eso, todos los slogans postconciliares son un falso camino. Un camino que lleva, cuando no a la apostasía dogmática formal (bien que muchos teólogos nieguen tranquilamente la infalibilidad, el Pecado Original, la Transustanciación, etc.), sí a una suerte de apostasía en espíritu, que recién aparece hoy día. Ella consiste en una obediencia formal a los dogmas y a la jerarquía, pero evacuando de aquellos toda su íntima significación, para poder acomodarse a lo que se diagnostica como «el Espíritu del Tiempo». Tal es la significación de los diversos núcleos tradicionalistas en Europa y América. Aquí reside la eminente ejemplaridad del Arzobispo Lefebvre, quien con coraje, fidelidad y libertad cristiana, podía decirse que repite el «hay que obedecer a Dios más que a los hombres» que dijo una vez el primer Papa. La Dogmática católica, cristalización intelectual tan provechosa de una inconmensurable trascendencia religiosa, contiene ella misma los propios límites de la obediencia; pero los afanes oficialistas tienden a abatir esos mismos límites. En todo caso, por fin ha renacido en la Iglesia actual la pasión por la verdad. Resulta un poco cómico observar que las jerarquías que exculpan retrospectivamente la rebelión de Lutero, manifestando la mayor obsecuencia con sus herederos eclesiásticos actuales, condenen indignados la actual rebelión de Lefebvre, y acudan a todos los viejos y nuevos medios de coacción, amedrentamiento y silenciamiento. Es, desde luego, una demostración de gran inconsistencia y de incapacidad de afrontar religiosamente un hecho religioso. Sobre todo revela que es mucho más fácil ser libre imaginariamente, frente a hechos pasados, que ser libre en el presente, en lo cual consiste, sin embargo, exactamente, la libertad.
La autodestrucción religiosa actual, si se la concibe históricamente resulta ser un proceso ineluctable. Pero para un pensamiento histórico que se rehúsa a ese determinismo, es una crisis de imprevisible salida, un drama histórico espiritual en el cual hay que vivir decidiéndose arriesgada y resueltamente. La crisis provocada en la Iglesia por el último Concilio ha revelado nuevamente el sentido dramático del cristianismo, tan alejado  de toda estabilidad y seguridad, obligando a cada uno a discernir acerca de las obediencias exigidas: discernir cuándo son justas y debidas, y cuándo deben resistirse, por lealtades superiores.
El momento se muestra, pues, como un inmenso «tiempo de confusión». Los fieles a la tradición tienen a veces por fidelidad, que desobedecer; los «postconciliares», que abominan de la legalidad institucional, terminan por acudir a las viejas penas canónicas para triunfar de sus enemigos. Y esto en el trasfondo del embate marxista y del estilo sincretista general. Algo semejante (aunque todavía lejos de este cuadro mundial) debió sentir Pascal en su propia época de tribulaciones, cuando escribe en uno de sus «Pensamientos»: «La verité est si obscurcie en ce temps, et le mensonge si établi, qu'a moins d'aimer la verité, on ne saurait la connaitre». (La verdad está tan oscurecida en este tiempo, y la mentira tan establecida, que a menos que ames la verdad, no podrás conocerla [trad. nuestra]). Pascal lo decía específicamente de la Iglesia de su tiempo: con cuánta mayor razón podría clamarse de la de hoy día.
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*Este ensayo fue publicado originalmente en la Revista «Vigilia», año I, vol. I, n° 3, Santiago de Chile, VII-VIII, 1977; Más tarde apareció, junto a otros artículos del autor, en el volumen póstumo: Mario Góngora, Civilización de masas y esperanza. Y otros ensayos, Ed. Vivaria, Santiago de Chile, 1987, p. 135-141. Este último es el texto que  ahora reproducimos .

1ª Parte: aquí

sábado, 30 de diciembre de 2017

MIENTRAS EL MUNDO DORMÍA

«Dum médium siléntium tenérent ómnia, et nox in suo cursu médium iter habéret, omnípotens Sermo tuus, Dómine, de cælis a regálibus sédibus venit» (Sap. 18, 14-15).


«Estando sumergido todo en un profundo silencio y cuando la noche en su carrera había corrido la mitad del camino, Vuestro Verbo omnipotente,  oh Señor, descendió del cielo, de vuestro regio trono».





jueves, 28 de diciembre de 2017

«CAMBIO EN LA RELIGIÓN», UN ENSAYO CLARIFICADOR (1ª PARTE)


Transcribo a continuación un sugerente ensayo del destacado historiador chileno Mario Góngora (1915-1985). Este ensayo, junto a otros como «Historia y Aggiornamento» o «Sobre la descomposición de la conciencia histórica del catolicismo», constituyen un interesante análisis de los cambios ocurridos en la religión durante las tormentosas décadas que siguieron al Concilio Vaticano II. Consciente de estar viviendo un momento que define «como un inmenso tiempo de confusión», Góngora intenta determinar las causas filosóficas e históricas que subyacen al penoso proceso de descomposición que describe. Muchas de sus reflexiones resultan de evidente actualidad. Se trata de una crisis de imprevisible salida, «un drama histórico espiritual en el cual hay que vivir decidiéndose arriesgada y resueltamente».

CAMBIO EN LA RELIGIÓN*
Por Mario Góngora

            La noción de catolicismo como signo solemne de unidad e inmutabilidad (en oposición a las herejías, que eran «variaciones», según la concepción de Bossuet) ha entrado hoy día en una crisis de inconmensurable profundidad. Todos los esfuerzos por ocultarlo o paliarlo no pasan de ser convencionalismos. Tan sólo permanece inviolado el núcleo de la piedad: la doctrina y el culto han sido sometidos a tales embates que no se puede ya negar seriamente que el Concilio último y sus secuelas han cambiado la religión.
            El siglo se abre con un Papa visionario, Pío X, cuya encíclica de 4 de octubre de 1903 atestigua tan intensamente (y tan insólitamente, dada la tradicional parquedad de Roma en este género) un sentimiento apocalíptico: «Si se piensa en todo el mal que hay en el mundo, es posible preguntarse si el Hijo de Perdición no está ya entre nosotros». Pío X veía pues como posible que la Apostasía y el Hijo de Perdición de que habla San Pablo como signos escatológicos, estuviesen ya inminentes.
            Sesenta años después, en 1962, al inaugurar Juan XXIII el Concilio Vaticano II, dirá en cambio: «En el cotidiano ejercicio de nuestro ministerio pastoral, llegan a veces a nuestro oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de almas que, aunque con celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida.
Tales son quienes en los tiempos modernos no ven otras cosa que prevaricación y ruina…»
Mas, nos parece necesario decir que disentimos de esos profetas de calamidades que siempre están anunciando infaustos sucesos, como si fuese inminente el fin de los tiempos. En el presente orden de cosas, en el cual parece apreciarse un nuevo orden de relaciones de humanas, es preciso reconocer los arcanos designios de la Providencia divina, que a través de los acontecimientos y de las mismas obras de los hombres, muchas veces sin que ellos lo esperen, se llevan a término, haciendo que todo, incluso las adversidades humanas, redunden en bien para la Iglesia».
La contraposición de ambas perspectivas históricas es el mejor indicio del antagonismo de constelaciones espirituales globales. Al texto de Pío X, transido de apocalipticismo, corresponde una Iglesia que se sabía atacada desde afuera y minada por dentro. En este último sentido, Pío X intentó con todas sus fuerzas atajar el Modernismo eclesiástico (fundamentalmente, un afán de introducir el método crítico de la historiografía y filología profanas en la exégesis bíblica, y un evolucionismo inmanentista en la Dogmática, aparte naturalmente de la actitud general denotada por el mismo nombre del movimiento). Pero tuvo un éxito muy breve: un observador laico como Bernanos anunciaba ya en 1926 la avanzada de «los furrieles del Modernismo» dentro del clero francés.
A la Iglesia concebida por Pío X que procuraba con todas sus fuerzas preservar su individualidad, ha sucedido, tras el Concilio, una Iglesia que, como reza el slogan, procura «abrirse al mundo», fundirse con el resto de las  comuniones cristianas; si fuere posible, con las no cristianas; y todavía con mayor anhelo, participar de las esperanzas de los grandes movimientos secularistas contemporáneos (pacifismo, democratismo, socialismo, comunismo, anarquismo, etc.). De otro lado, este progresismo católico quiere presentarse como un retorno arqueológico al Cristianismo primitivo, saltando por encima de las generaciones de la Historia eclesiástica. Sin embargo, «el Mundo» no era una dimensión valorada en forma precisamente positiva en el Nuevo Testamento: Juan, el discípulo que Jesús amaba, dedica todo un capítulo de su primera Epístola a la contraposición de Dios y del Mundo; Jesús mismo dice en un pasaje que no ruega Él por el Mundo. En cuanto a «los profetas de calamidades» desestimados por Juan XXIII convendría traer a la memoria, fuera del Apocalipsis mismo, los numerosos textos de contenido apocalíptico que se encuentran en los Evangelios y Epístolas. El cristianismo primitivo distaba mucho de corresponder a la imagen idílico-naturalista de la interpretación liberal: podría calificarse de «optimista» en vistas de la Parousia, pero no en absoluto de su propio tiempo. Los textos que lo confirmarían son innumerables.
Se podría decir que esta caracterización de la Iglesia «Postconciliar» es demasiado simplista, y está trazada a un nivel de masas, más que del pensamiento de teólogos o exégetas (al menos de los que rehúyen la popularidad). Naturalmente. Pero resultaría muy difícil negar que las tesis condenadas en los dos grandes documentos antimodernistas de Pío X se ven hoy muy difundidas en la literatura eclesiástica de todos los niveles. Y sobre todo, dado el predominio de la «Ilustración de Masas», los slogans son más fuertes que concepciones individuales de los teólogos. Particularmente notorio es el sello de esa «Ilustración de Masas» (tomando  aquí la palabra «Ilustración» en su sentido histórico-espiritual, Aufklärung) en el resentimiento de gran parte del clero contra la historia de la Iglesia, su demostrativo afán de renegar, por ejemplo, de las devociones, imágenes y formas diversas de lo sagrado. Aparte del resentimiento, comparece allí el afán de complacer a las masas, sin saber adivinar que en el fondo de la psicología colectiva hay arquetipos insondables, que resisten a toda esa tentativa racionalista. El llamado «espíritu del Concilio», a este nivel clerical, viene a ser como una resurrección de los Iconoclastas, es un odio a todo lo que «tenía forma» dentro de la vieja Iglesia. Sin embargo, la piedad cristiana ha sido más tenaz de lo que aquella mentalidad «ilustrada» presuponía.
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*Este ensayo fue publicado originalmente en la Revista «Vigilia», año I, vol. I, n° 3, Santiago de Chile, VII-VIII, 1977. Más tarde apareció, junto a otros artículos del autor, en el volumen póstumo: Mario Góngora, Civilización de masas y esperanza. Y otros ensayos, Ed. Vivaria, Santiago de Chile, 1987, p. 135-141. Este último es el texto que ahora reproducimos.


domingo, 24 de diciembre de 2017

UN NIÑO NOS HA NACIDO


«C
risto ha nacido: ¡Glorificadlo! Cristo ha descendido del cielo: ¡Salid a su encuentro! Cristo está en la Tierra: ¡Exaltadlo!...
Yo pregonaré el significado de este día: se encarnó quien era incorpóreo, el Logos toma cuerpo, el invisible es visto, se hace tangible el intangible, comienza  quien está fuera del tiempo. El Hijo de Dios se convierte en Hijo de Hombre». (San Gregorio Nacianceno, En la Natividad del Señor, Homilía 38, 1-2).