sábado, 19 de mayo de 2018

URE IGNE SANCTI SPIRITUS


Copio un bello texto de San Bernardo, extraído de un sermón en la fiesta de Pentecostés, donde nos exhorta a ser solícitos para con Dios, en correspondencia a su amorosa y permanente solicitud para con nosotros, pobres criaturas. Tal solicitud es gracia del Espíritu Santo.

«Y
a veis, pues, con cuanta verdad se expresó aquel que dijo: El señor anda solícito por mí (Ps 39, 18). El Padre, por redimir al siervo, no perdona al Hijo; el Hijo, por él se entrega a la muerte gustosísimo; uno y otro envían al Espíritu Santo; y el mismo Espíritu pide por nosotros con inefables gemidos.
¡Oh duros y endurecidos y rebeldes hijos de Adán, a quienes no ablanda tanta benignidad, tan abrasadora llama, ardor tan grande de amor, amante tan fino que por unos viles andrajos expende mercaderías tan preciosas! Pues no con el oro y la plata, que se corrompen, nos redimió, sino con su preciosa sangre, que derramó abundantemente: porque por cinco partes copiosamente manaron los raudales de sangre del cuerpo de Jesús. ¿Qué más debía hacer y no hizo? Dio vista a los ciegos, encaminó a los errados, reconcilió los reos, justificó los impíos, dejándose ver sobre la tierra treinta y tres años, tratando con los hombres, muriendo por los hombres, siendo El aquel Dios que dijo, y fueron hechos los Querubines, los Serafines y todas las virtudes angélicas; aquel Señor que tiene en su mano la potestad de hacer todo cuanto quiere. ¿Qué busca de ti el que con tanta solicitud te buscó, sino que andes solícito con tu Dios? Esta solicitud nadie la da sino el Espíritu Santo que escudriña lo profundo de nuestros pechos, que discierne los pensamientos e intenciones de nuestro corazón, que ni la más pequeña paja sufre que haya en la habitación del corazón que posee, sino que al punto la consume con el fuego de una sutilísima circunspección; Espíritu suave y dulce, el cual inclina nuestra voluntad, o más bien la endereza y conforma con la suya, a fin de que podamos entenderla verdaderamente, amarla fervorosamente y cumplirla eficazmente» (San Bernardo, Sermón segundo en la Fiesta de Pentecostés, 8).

sábado, 12 de mayo de 2018

SENTADO A LA DIESTRA DEL PADRE

Pieter de Grebber. Dios Padre invitando a Cristo 
a sentarse en el trono a su derecha (1645)

E
n el Símbolo de la fe, el admirable misterio de la Ascensión del Señor a los cielos viene acompañado del siguiente complemento: «Y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso». Con esta expresión se quiere señalar la máxima y completa glorificación que la Trinidad ha concedido a la humanidad de Cristo, como coronación de su obra redentora. «Lo de la derecha de Dios –explica Santo Tomás– no hay que entenderlo en sentido literal sino metafórico: en cuanto Dios, estar sentado a la derecha del Padre significa ser de la misma categoría que Éste; en cuanto hombre, quiere decir tener la absoluta preeminencia» (Exposición del Símbolo de los Apóstoles, art. 6). Por su parte, el catecismo del Concilio de Trento enseña: «Pero estar sentado no significa en este lugar situación y figura del cuerpo, sino que expresa la posesión firme y estable de la regia y suprema potestad y gloria que recibió del Padre; acerca de lo cual dice el Apóstol: Resucitándole entre los muertos y colocándole a su diestra en los cielos, sobre todo principado y potestad, y virtud y dominación, y sobre todo nombre, por celebrado que sea, no solo en esta vida, sino también en la futura (Ef 1, 20-22); y también: Todas las cosas puso a sus pies (Sal 8, 7). De cuyas palabras se deduce que esta gloria es tan propia y singular del Señor, que no puede convenir a ninguna otra naturaleza creada. Por lo que se dice en otro lugar: ¿A qué ángel ha dicho jamás: siéntate a mi diestra?» (Heb 1, 13).
De esta manera, la ascensión del Señor a los cielos y su entronización a la derecha del Padre ha dejado nuestra mirada definitivamente orientada hacia lo alto. El mismo Apóstol nos lo recuerda: «buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios; pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Col 3, 1-2).
                                                                                                                           

sábado, 5 de mayo de 2018

UNA PRECIOSA HOMILÍA DEL CARDENAL SARAH



En una ceremonia de imponente belleza y rigor litúrgico, el Cardenal Sarah ha conferido la ordenación sacerdotal a 31 diáconos del Opus Dei. Recojo ahora la homilía que su Eminencia pronunció, y en la que trazó las características que componen una vida sacerdotal auténtica. 


D
abo vobis pastores iuxta cor meum et pascent vos scientia et doctrina (Jr 3,15). «Os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con saber y con inteligencia». Con estas palabras, llenas de confianza en Dios, hemos comenzado esta celebración solemne. El Señor nos da pastores en estos 31 diáconos, provenientes de diferentes países, que hoy reciben la ordenación sacerdotal. Agradezco al prelado del Opus Dei el gran honor y el regalo estupendo que me ha hecho dándome la posibilidad de ser el obispo consagrante de esta ordenación.

Queridos ordenandos: todos vosotros habéis sido llamados por Dios, así lo hemos rezado en la oración colecta: «Señor, Dios nuestro, que para guiar y gobernar a tu pueblo, has querido servirte del ministerio de los sacerdotes, concédeles cumplir incansablemente tu voluntad»; y en la oración de ordenación se recuerda que, del mismo modo que Dios dio colaboradores a los apóstoles, ahora, como ayuda a nuestra limitación, nos da colaboradores para el ejercicio del sacerdocio apostólico (cfr. Oración de ordenación). De hecho, en el evangelio de Mateo se lee que Jesús habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio potestad para expulsar a los espíritus inmundos y para curar todas las enfermedades y dolencias (Mt 10,1). También sobre vosotros descenderá el Espíritu del Señor (cfr. Is 61,1) y vuestras manos serán ungidas con el santo crisma, que será para vosotros fuerza y auxilio, para que podáis santificar al pueblo cristiano y ofrecer a Dios el sacrificio eucarístico (cfr. Pontifical Romano, unción de las manos).

Habéis sido elegidos por Dios y os habéis preparado con esmero, con muchos años de estudio, pero ha sido —sobre todo— a través de la oración y de la contemplación silenciosa cómo os habéis preparado para este momento extraordinario en el que, por la gracia de la ordenación al sagrado sacerdocio, seréis configurados con la persona de Jesucristo, Sumo Sacerdote. A través de mis manos indignas seréis consagrados sacerdotes de Dios. Podemos hacernos esta pregunta sencilla: ¿qué es exactamente un sacerdote?

La Biblia presenta al sacerdote como el hombre de la Palabra de Dios. Un hombre elegido y enviado por Dios: Como el Padre me envió, así os envío yo (Jn 20,21). Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado (Mt 28,19). Como dice la segunda lectura, nosotros, los sacerdotes, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios os exhortase por medio de nosotros (2 Cor 5,20). Dado que somos enviados, ¿qué deberíamos enseñar? Nada más que la Palabra de Dios, la enseñanza doctrinal y moral de la Iglesia, la verdad sobre Dios, sobre Cristo y sobre el hombre. Somos sacerdotes únicamente para anunciar a Cristo. El hombre de hoy pregunta por Cristo al sacerdote. Sobre las demás cosas –del plano económico, social o político– puede consultar con tantas personas competentes en estas materias. El hombre contemporáneo se dirige al sacerdote buscando a Cristo. La liturgia de la Palabra enseña al sacerdote que él es maestro de la fe. Nosotros no creamos la fe, la fe es siempre un don de Dios, tanto si la entendemos como virtud teologal infusa como si nos referimos al contenido de la doctrina, es decir, a lo que se debe creer firmemente, sin titubeos ni confusiones. El sacerdote es predicador de la verdad. Habla con caridad y, al mismo tiempo, con verdadera libertad, independientemente de las consecuencias que esto le acarree. En la Sagrada Escritura, el sacerdote es también presentado como el hombre del perdón: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos (Jn 20,23). En la ordenación sacerdotal, el Espíritu Santo se dona para permitir que la persona ordenada lleve a cabo las mismas acciones de Cristo y sea no sólo un “alter Christus”, sino “ipse Christus”, el mismo Cristo. El sacerdote es hoy la expresión visible y tangible de Jesús, Sacerdote, Juez y Médico de las almas. «El sacerdote es el amor del corazón de Jesús. Cuando veáis al sacerdote, pensad en Nuestro Señor Jesucristo». Como el santo Cura de Ars, como Padre Pío, el sacerdote es el apóstol del confesionario tal y como recordaba hace pocos días el papa Francisco, en su visita pastoral a San Giovanni Rotondo (17 de marzo de 2018). El sacerdote se presenta también como el hombre amigo de Cristo: Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos (…), os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he hecho conocer (Jn 15,14-15). Además, al sacerdote se le conoce esencialmente como hombre de la Eucaristía: Haced esto en memoria mía (Lc 22,19). El sacerdote es, sobre todo, el hombre de la Eucaristía. Me gustaría citar aquí una texto muy sugerente del papa san Juan Pablo II, que trata precisamente sobre la relación del sacerdote con la Eucaristía: «El sacerdocio, desde sus raíces, es el sacerdocio de Cristo. Es él quien ofrece a Dios Padre el sacrificio de sí mismo, de su carne y de su sangre, y con su sacrificio justifica ante los ojos del Padre a toda la humanidad e indirectamente a toda la creación. El sacerdote, celebrando cada día la Eucaristía, penetra en el corazón de este misterio. Por eso, la celebración de la Eucaristía es, para él, el momento más importante y sagrado de la jornada y el centro de su vida (…). Durante la Santa Misa, aunque también fuera de ella, el sacerdote actúa verdaderamente in persona Christi. Lo que Cristo ha realizado sobre el altar de la Cruz, y que precedentemente ha establecido como sacramento en el Cenáculo, el sacerdote lo renueva con la fuerza del Espíritu Santo. En este momento el sacerdote está como envuelto por el poder del Espíritu Santo y las palabras que dice adquieren la misma eficacia que las pronunciadas por Cristo durante la Última Cena» (cfr. Juan Pablo II, Don y Misterio, Biblioteca de Autores Cristianos 1996, pp. 91-95).



Como veis, queridos ordenandos, no existe Eucaristía sin sacerdocio, al igual que no existe sacerdocio sin Eucaristía. Pero, sobre todo, no existe sacerdocio sin una inmersión total en el amor íntimo de la Santísima Trinidad, plenamente presente en el sacrificio eucarístico. ¡Será siempre necesario volver a descubrir nuestro sacerdocio a la luz de la Eucaristía! Al igual que hacer redescubrir este tesoro al pueblo cristiano, en la celebración cotidiana de la Santa Misa, y especialmente en la solemne asamblea dominical. Cada día, necesitamos de la Eucaristía para vivir nuestro sacerdocio y poder para permanecer como valerosos y audaces mensajeros del evangelio en medio de los sufrimientos, las dificultades y las hostilidades que nos puedan asediar.

Finalmente, el sacerdote debe ser un hombre de intensa y profunda vida interior y de oración. Debe ser santo para poder santificar al pueblo de Dios. Santifícalos en la verdad: tu palabra es la verdad. Lo mismo que tú me enviaste al mundo, así los he enviado yo al mundo. Por ellos yo me santifico, para que también ellos sean santificados en la verdad (Jn 17,17-19). El Señor pide que nos santifiquemos, que nos consagremos a la verdad. Y él nos envía para continuar su propia misión. Qué maravilloso es constatar que Jesucristo se santificó no sólo para sí, sino también por sus discípulos. A su vez, los discípulos debían ser santos no sólo por ellos mismos, sino pensando también en la Iglesia y en todos los que creerían en Cristo después de haber escuchado su palabra. San Josemaría nos recuerda nuestra llamada imperativa a la santidad. Y así escribe: «Nos quedamos removidos, con una fuerte sacudida en el corazón, al escuchar atentamente aquel grito de San Pablo: Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1Ts 4,3). Hoy, una vez más me lo propongo a mí, y os recuerdo también a vosotros y a la humanidad entera: ésta es la Voluntad de Dios, que seamos santos. Para pacificar las almas con auténtica paz, para transformar la tierra, para buscar en el mundo y a través de las cosas del mundo a Dios Señor Nuestro, resulta indispensable la santidad personal (…). El sendero, que conduce a la santidad, es sendero de oración; y la oración debe prender poco a poco en el alma, como la pequeña semilla que se convertirá más tarde en árbol frondoso” (Amigos de Dios, nn. 294-295). Sobre todo nosotros, sacerdotes y obispos, debemos ser santos. La espiritualidad comienza desde la cima, no desde el fondo. «El espejo refleja la luz del sol, pero no la crea. La santidad es una pirámide –dice Fulton Sheen– es como ungüento precioso en la cabeza, que desciende por la barba, por la barba de Aarón, que desciende hasta la orla de sus vestiduras (Sal 133,2). Dios es santo. Su santidad desciende a la tierra con Jesucristo, que la extiende a los sacerdotes, y después los sacerdotes contribuyen a santificar a los fieles cristianos» (cfr. Fulton J. Sheen, Il Sacerdote non si appartiene, Fede e Cultura 2016, p. 78).

Queridos ordenandos, como os podéis imaginar, no es posible llevar a cabo nuestra santificación si no es al contemplar, tocar y vivir plena y físicamente la ofrenda total de nuestro cuerpo a través del gran misterio de la ordenación sacerdotal, ofrenda expresada en las palabras poderosas de San Pablo: Con Cristo estoy crucificado: vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí (Ga 2,19-20). Nuestro sacerdocio se realizará plenamente si aceptamos morir cada día en la cruz con Jesús. Por tanto, si queréis convertiros en sacerdotes santos, escuchad atentamente la exhortación de san Pedro Crisólogo, que nos anima a orar siempre y ofrecer nuestro cuerpo a Dios. Así nos dice a cada uno san Pedro Crisólogo: «Sé, oh hombre, sé el Sacrificio y Sacerdote de Dios; no pierdas lo que la voluntad divina te ha concedido y otorgado. Revístete con la estola de la santidad. Cíñete el cíngulo de la castidad. Sea Cristo la protección de tu cabeza. La cruz permanezca como defensa de tu frente. Acerca a tu pecho el sacramento de la ciencia divina. Que el incienso de tu oración se eleve siempre como olor suave. Agarra la espada del Espíritu, haz de tu corazón un altar, y presenta así tu cuerpo como víctima a Dios con confianza segura» (De los Discursos de San Pedro Crisólogo, Disc 108: PL 52, 499-500).


Queridos ordenandos, no olvidéis que recibís la ordenación sacerdotal para servir a la Iglesia, a todas las almas. Como habéis aprendido de san Josemaría y de todos sus sucesores, sed siempre muy leales al Romano Pontífice, a los obispos, sucesores de los Apóstoles, y a vuestro prelado; quered a los sacerdotes de cada diócesis; rogad con constancia al Señor que envíe muchos operarios a toda su mies, que mande muchos sacerdotes santos, constituidos como custodios para apacentar la Iglesia de Dios, que él adquirió con su sangre (Hch 20, 28).

Felicito ahora a los padres y hermanos de los nuevos sacerdotes. Desde hoy, tendréis a alguien de vuestra sangre que intercederá especialmente por vosotros ante el Señor. Al mismo tiempo, todos hemos de rezar por ellos más que antes, pues es grande la responsabilidad que han asumido.

Estamos recorriendo el mes de mayo. ¡Cuántas cosas habremos dicho a la Virgen! ¡Cómo habremos rezado para que ella nos asista, como Madre de Dios y Madre nuestra! Confiamos estos hermanos nuestros a María, Madre de la Iglesia, Madre de los sacerdotes: que ella los acoja especialmente como hijos suyos amadísimos, del mismo modo que acogió a san Juan, el discípulo amado, bajo la Cruz de Jesús. Queridísimos ordenandos, os regalo a cada uno un rosario y un pequeño icono de la Virgen de la Ternura, para que podáis uniros más estrechamente a María Santísima y para obligaros, de alguna manera, a rezar por mí. Que Dios os bendiga. Así sea.

jueves, 26 de abril de 2018

EL AÑOSO SÍNODO DE LOS JÓVENES



He traducido al español una interesante columna del escritor y periodista italiano Aldo Maria Valli. En ella, el autor recoge algunas impresiones motivadas por la lectura del documento final de la asamblea pre-sinodal con jóvenes, realizada en Roma en los días previos a semana santa.
Valli se pregunta quién ha escrito realmente ese documento, porque tanto su contenido, su estilo, como su léxico delatan una autoría que no se corresponde exactamente con la mentalidad del joven de hoy. Más bien parece un documento diseñado por personas que fueron jóvenes hace medio siglo, y que ahora desean apresar en moldes preconcebidos el sentir de los jóvenes. Por de pronto se impone una conclusión: el «espectáculo sinodal» ya comenzó.

* * *


¿Pero quién ha escrito el documento de los jóvenes?
por Aldo Maria Valli

H
e leído el documento que los jóvenes han entregado al Papa en vista del sínodo de obispos sobre «Los jóvenes,  la fe y el discernimiento vocacional». Me ha quedado la impresión de tratarse de un texto viejo tanto en el lenguaje como en sus contenidos, como si hubiera sido elaborado no por jóvenes de hoy, sino por alguien que fue joven hace medio siglo y aún no ha salido de ciertos esquemas y complejos.

Al principio se dice que el documento «es una reflexión sobre realidades específicas, personalidades, creencias y experiencias de jóvenes de todo mundo» y está «destinado a proporcionar a los obispos una orientación que les ayude a comprender mejor a los jóvenes». Pero página tras página se observa que las reflexiones, «resultantes del encuentro de más de trescientos jóvenes que representan al mundo entero» y «la participación de 15 mil jóvenes conectados en línea a través de grupos de Facebook», transmiten la idea de una Iglesia reducida a organización social, preocupada más que nada de disculparse por no estar lo suficientemente a tono con los tiempos. Y desde el punto de vista lingüístico, algunas expresiones parecen estar tomadas en gran medida del repertorio del Papa Francisco.

Pero vamos por orden. Después de sostener que «los jóvenes buscan el sentido de su vida en comunidades que los apoyen, los edifiquen, que sean auténticas y abiertas, es decir, comunidades que «les den alas», el documento señala: «A veces sentimos que lo sagrado resulta lejano de nuestra vida cotidiana. Muchas veces la Iglesia aparece como demasiado severa y excesivamente moralista. En otras ocasiones, en la Iglesia, es difícil superar la lógica del «siempre se ha hecho así». Necesitamos una Iglesia acogedora y misericordiosa».

No resulta difícil constatar aquí la total coincidencia con lo que a menudo sostiene Francisco. Aparte del hecho de que lo sagrado, en mi humilde opinión, debe ser algo separado de la vida cotidiana (el espacio y el tiempo sagrados son tales precisamente en cuanto diversos de los profanos), nos topamos en seguida con la denuncia de una Iglesia muy severa y moralista (cuando en realidad, generalmente el problema parece ser hoy el opuesto, es decir, el de una Iglesia vacilante y laxa) y con la crítica paralela a la lógica del «siempre se ha hecho así», un caballo de batalla del actual pontificado.

¿Y qué decir del llamado a una «Iglesia acogedora y misericordiosa?» ¿Acaso no es aquí también el copyright de Francisco?

Más adelante, en vez de la belleza y originalidad del mensaje cristiano (aspectos que hoy y siempre han apasionado verdaderamente a los jóvenes), encontramos un análisis sociológico que mezcla cuestiones diversas, y siempre en un sentido horizontal: «Los jóvenes están profundamente adentrados e interesados por temas como la sexualidad, las adicciones, los matrimonios fracasados, las familias rotas; como también por otros temas de mayor alcance social, como el crimen organizado y la trata de seres humanos, la violencia, la corrupción, la explotación, el feminicidio, las diversas formas de persecución y la degradación del medio ambiente».

Ahora bien, que muchos jóvenes estén interesados en estos temas se comprende fácilmente. Pero ¿qué tiene que decir la Iglesia al respecto, a la luz de la eterna Verdad divina? En todo esto, ¿dónde está Dios? ¿Dónde está la búsqueda de la verdad?

Desde este punto de vista el documento no dice nada. En cambio, otra vez el habitual y consabido llamado a los «desafíos» sociales, ante los cuales (y aquí vuelve a la letra el vocabulario del papa Francisco) «necesitamos inclusión, acogida, misericordia y ternura por parte de la Iglesia». Y luego, de modo infaltable, aparece el llamado al «multiculturalismo», que tiene «el potencial de facilitar un ambiente que propicie el diálogo y la tolerancia», con un objetivo que se indica a continuación: «Valoramos la diversidad de ideas en nuestro mundo globalizado, el respeto por el pensamiento ajeno y la libertad de expresión». Lo cual, francamente, no parece fundar esta gran conclusión. Pero, sobre todo, la impresión es que el documento sigue un esquema preestablecido.

Como confirmación, viene señalada en primer lugar la preocupación por el hecho de que «aún no existe un consenso sobre el tema de la acogida de los inmigrantes y de los refugiados, y menos sobre las problemáticas que causan este fenómeno» y «este desacuerdo se da a pesar del reconocimiento de la llamada universal a cuidar de la dignidad de cada persona humana». De aquí la advertencia: «En un mundo globalizado e interreligioso, la Iglesia necesita, no sólo mostrar, sino también trabajar sobre las directrices teológicas ya existentes, para un diálogo pacífico y constructivo con personas de otros credos y tradiciones».

Sigamos adelante. Una extensa parte del documento está dedicada a los temores de los jóvenes, y también en este caso las expresiones usadas pertenecen casi a la letra al repertorio de Francisco. Por ejemplo: «A veces, terminamos abandonando nuestros sueños. Tenemos demasiado miedo, y algunos de nosotros hemos dejado de soñar». Y también aquí: «Queremos un mundo de paz, que armonice una ecología integral con una economía global sustentable», sin olvidar los «conflictos», la «corrupción», las «desigualdades sociales» y el «cambio climático».

Y cuando al fin se sale un poco de la sociología pequeña para ingresar, al menos, en el ámbito de la sociología de la religión, nos topamos con esta afirmación bastante obvia («actualmente, la religión ya no es vista como la principal fuente a través de la cual el joven busca sentido, y a menudo miran hacia otras corrientes e ideologías modernas»), seguida de inmediato por una crítica a la Iglesia («los escándalos atribuidos a la Iglesia –tanto los reales como los percibidos como tales– afectan la confianza de los jóvenes en ella y en las instituciones tradicionales que representa»), y la llamada a que la misma Iglesia sea «inclusiva» hacia las mujeres, porque «hoy en día existe un problema generalizado en la sociedad en la cual la mujer aún no tiene un lugar equitativo» y «esto también es cierto en Iglesia».

¿Y queremos hablar sobre los grandes temas que dicen relación con la vida, la muerte, la familia, la sexualidad?

Aquí lo encontramos: «Suele haber un gran desacuerdo entre los jóvenes, tanto dentro como fuera la Iglesia, sobre algunas de sus enseñanzas que hoy son particularmente debatidas. Ejemplos de estas son: contracepción, aborto, homosexualidad, convivencia, matrimonio, y cómo el sacerdocio es percibido en diferentes realidades en la Iglesia. Es importante hacer notar que, independientemente del nivel de comprensión que se tenga sobre lo que la Iglesia enseña, sigue habiendo desacuerdo y discusión entre los jóvenes acerca de estos polémicos temas». «Como resultado, muchos jóvenes pueden querer que la Iglesia cambie su enseñanza o, al menos, que se les explique y forme mejor en estas cuestiones».

Poco después, quizá consciente de un desequilibrio, el documento se corrige y dice que, «muchos jóvenes católicos aceptan estas enseñanzas y encuentran en ellas una fuente de alegría». Pero entonces, ¿en qué quedamos? Da la impresión de tratarse de un análisis superficial y ambiguo a la vez.

Lo que importa, en todo caso, parece consistir en satisfacer las expectativas del mundo, que quiere ver la Iglesia en el banquillo de los acusados y en posición de desventaja.

Hace falta pasar muchas páginas antes de encontrar una mención a Jesús, lo que acontece de esta manera: «En definitiva, muchos de nosotros tenemos un gran deseo de conocer a Jesús, pero muchas veces nos cuesta darnos cuenta que solo Él es la fuente del verdadero descubrimiento personal, ya que es en relación con Él que la persona humana llega finalmente a descubrirse a sí misma. Por ello, hemos encontrado que los jóvenes quieren testigos auténticos, hombres y mujeres que expresen con pasión su fe y su relación con Jesús, mientras que animan a otros a acercarse, conocer y enamorarse de Él».

Una pregunta: ¿pero para llegar a esta conclusión era necesario convocar a jóvenes de todo el mundo, enviar miles de cuestionarios y organizar todo este gran trabajo pre-sinodal?

Pero el punto es, repito, que la belleza de la propuesta cristiana no termina de aparecer. En cambio, es constante la preocupación por la autocrítica («Ideas equivocadas sobre el ideal de la vida cristiana lo hacen sentir fuera del alcance de la persona común, por lo que también los preceptos establecidos por la Iglesia. Por lo tanto, para algunos, el cristianismo es percibido como un estándar inalcanzable»); y también a propósito de la vida consagrada, el acento se pone más que nada en sus límites y en la «vulnerabilidad», con el énfasis habitual en «la falta de claridad sobre el papel de la mujer en la Iglesia».

Sobre la dirección que las personas consagradas deben garantizar, se insiste en el acompañamiento y en el «camino» («Los acompañantes no deben guiar a los jóvenes de tal modo que los sigan pasivamente, sino más bien que caminen a su lado, dejándoles ser los protagonistas de su propio camino»), pero sin decir jamás a dónde debe conducir todo este caminar. Por otro parte, aquí aparece de nuevo la «vulnerabilidad»: «Una Iglesia creíble es aquella que no tiene miedo de mostrarse vulnerable. La Iglesia debe ser sincera en admitir sus errores presentes y pasados, que sea una Iglesia conformada por personas capaces de equivocarse y de hacer malinterpretaciones. La Iglesia debe condenar acciones tales como los abusos sexuales y los males manejos de poder y dinero».

Estamos llegando a término. Aún dos afirmaciones extraídas del repertorio bergogliano («También deseamos ver una Iglesia que sea empática y en salida»; «La Iglesia debería fortalecer iniciativas que combatan la trata de seres humanos, y la migración forzosa, así como el narcotráfico»); y el documento se acaba.

Vuelve la pregunta: ¿pero quién lo ha escrito realmente?

Texto del documento en español: press.vatican.va 

jueves, 19 de abril de 2018

CON LAS MANOS ATADAS


En este décimo tercer aniversario de la elección del Papa emérito Benedicto XVI, copio un texto suyo que, junto con tener algo de autobiográfico, me parece una buena semblanza de su vida: seguir a Cristo con las manos atadas en sujeción de amor.

* * *

«T
u extenderás tus manos y otro te sujetará y te llevará adonde no quieres» (Ioh 21,16). Estas palabras son probablemente una alusión a la muerte en la cruz que padeció Pedro siguiendo a Cristo. Sus manos son extendidas y amarradas. Esta historia me trae siempre a la memoria un pequeño rito que penetró profundamente en mi alma durante mi consagración como sacerdote. Después de la unción eran atadas las manos, y con las manos unidas se cogía el cáliz. Las manos, y con ellas el propio ser, parecían encadenadas de algún modo al cáliz. Al tomarlo en mis manos me vino a la memoria la pregunta de Jesús a los hermanos Jacobo y Juan: «¿Podéis beber el cáliz que yo beberé?» (Mc 10, 38). El cáliz eucarístico, centro de la vida sacerdotal, recuerda siempre estas palabras. Y después las manos unidas, ungidas con el óleo mesiánico del crisma. Las manos son expresión de nuestra propia decisión, de nuestro poder. Con ellas podemos asir, tomar posesión de algo, defendernos. Las manos atadas son expresión de falta de poder, de renuncia al poder. Están en sus manos, están puestas en el cáliz. Se podría decir que con ello se trasluce, sencillamente, que la Eucaristía es el centro de la vida sacerdotal. Pero la Eucaristía es más que ceremonia, más que liturgia. Es una forma de vida. Las manos están unidas: ya no me pertenecen. Yo le pertenezco a Él y, a través de Él, a los demás. Imitar a Cristo significa estar dispuesto a comprometerse definitivamente, del mismo modo que se ha comprometido Él con nosotros» (Joseph Cardenal Ratzinger, Cooperadores de la verdad, Rialp, Madrid 1991, p. 174-175).

lunes, 9 de abril de 2018

Y EL VERBO SE HIZO CARNE

Anunciación de Sandro Botticelli. Foto wikipedia.org 

Publico este texto de San Juan de Ávila tomado de un sermón en la fiesta de la Anunciación de Nuestra Señora. El santo doctor insiste en la profunda alegría que se contiene en este sublime misterio, digno de ser proclamado, agradecido y adorado, si de verdad no queremos ser tenidos por traidores. También se hace eco de la teoría de algunos Padres que vieron en la decisión de humanarse del Verbo el motivo de la envidia y rebeldía de Lucifer. Finalmente exhorta a bendecir a la Virgen Madre que es el árbol hermoso y fecundo que nos da el fruto de Jesucristo.

* * *

H
ic dies boni nuntii est; si tacuerimus, sceleris arguemur. Día es hoy de buena nueva; si calláremos, si no lo manifestáremos, de traición seremos argüidos. ¿Cómo callará la lengua en el día que Dios se hizo carne por amor a la carne? Día es hoy de grandísima alegría, el de la mayor que nunca hubo ni habrá para siempre. Día en que Dios hizo la mayor obra, que nunca hizo ni hará. Día en que tomó nuestra carne, en que se hizo hombre. Pues decid: Si tenemos a Dios, ¿qué no falta?; si Dios es con nos, ¿Quién contra nos? (Rom 8, 31). Día es hoy que, si lo ángeles nos pudieran haber envidia, la tuvieran. Y doctores hay que dicen -y paréceme muy bien- que de envidia de este misterio se perdió Lucifer. Que tenía él hecho su cuenta: “Si Dios se ha de juntar con alguna criatura, con lo mejor ha de ser. Pues mayores son los ángeles que los hombres y de mejor naturaleza; y de los ángeles yo soy el mejor. Si con alguno se ha de juntar, yo he de ser”. Como supo después que se había de juntar con los hombres, tuvo envidia. “¡Cómo! ¿Con un hombre pecador y miserable se ha de juntar Dios y dejarme a mí? ¿A un pedazo de barro he yo de adorar?” Porque sabía él que aquella humanidad santísima, junta con Dios, la habían de adorar los ángeles y serafines, y de aquí tomó ocasión. Y vino el Señor y echólo del cielo al profundo, porque escrito está que grande es el Señor y mira las cosas bajas en el cielo y en la tierra (cf. Sal 112, 6) …
Día de grandísima alegría es hoy. Día de la alegría de las alegrías. Día de buenas nuevas. Día de todo nuestro bien. Si calláremos, si fuéramos ingratos, si no diéramos gracias al Señor por este día, de traición seremos argüidos. Demos gracias al Señor por este gran bien que nos dio en este día, y a la Madre, por cuyas manos nos lo dio. Que si llegáis a un árbol muy hermoso y veis una pera o manzana muy hermosa, decís: “¡Bendito el árbol que tal fruto dio!”. Cuando viéredes a Jesucristo en la hostia consagrada, cuando comulgáredes, cuando recibiéredes a nuestro Señor, dad gracias al Padre eterno, que os lo dio; decid: “¡Bendito sea el árbol que tal fruto dio, que es la Virgen benditísima!” (San Juan de Ávila, Sermones, Anunciación de Nuestra Señora, BAC, Madrid 2002, p.878).

lunes, 2 de abril de 2018

COMO UN ESTALLIDO DE LUZ


Recojo esta consideración de Benedicto XVI sobre la Resurrección de Cristo como irrupción de luz nueva y perenne en la oscuridad de la historia.

«La creación de Dios —lo acabamos de escuchar en el relato bíblico— comienza con la expresión: «Que exista la luz» (Gn 1, 3). Donde hay luz, nace la vida, el caos puede transformarse en cosmos. En el mensaje bíblico, la luz es la imagen más inmediata de Dios: Él es todo Luminosidad, Vida, Verdad, Luz. En la Vigilia Pascual, la Iglesia lee la narración de la creación como profecía. En la resurrección se realiza del  modo más sublime lo que este texto describe como el principio de todas las cosas. Dios dice de nuevo: «Que exista la luz». La resurrección de Jesús es un estallido de luz. Se supera la muerte, el sepulcro se abre de par en par. El Resucitado mismo es Luz, la luz del mundo. Con la resurrección, el día de Dios entra en la noche de la historia. A partir de la resurrección, la luz de Dios se difunde en el mundo y en la historia. Se hace de día. Sólo esta Luz, Jesucristo, es la luz verdadera, más que el fenómeno físico de luz. Él es la pura Luz: Dios mismo, que hace surgir una nueva creación en aquella antigua, y transforma el caos en cosmos»
(Benedicto XVI, Homilía en la Vigilia Pascual, 11-4-09).
Fuente: vatican.va