jueves, 23 de mayo de 2013

SOBRE AGUSTINES

Don Agustín Squella –talentoso jurista y académico chileno- con perseverancia heroica y cíclica, no cesa de hacer profesión pública de su credo agnóstico. Se ve que el tema de Dios le acosa y persigue, sin terminar de resolverlo. La última ocasión se la ha proporcionado la visita a Chile del prestigioso filósofo del derecho John Finnis. Criticando algunas posturas del profesor de Oxford escribe en su última columna: “Quienes creen en la existencia de una ley natural que ellos han descubierto y de la cual son seguidores e infalibles intérpretes, incurren en un acto de manifiesta arrogancia moral, negándose a hacer lo que cualquier otro mortal: presentar sus conclusiones como propias, sin adjudicarles el aval de la naturaleza o de Dios”. (El Mercurio, Viernes 10 de mayo de 2013).
  ¡Oh si conociera don Agustín la profunda humildad que se encierra en la defensa de la ley natural! Se trata de una humildad no solo moral sino ontológica, por decirlo así, porque en ella late la verdad profunda de nuestra condición humana y de todo cuanto existe: somos criaturas. Y nuestra condición de criaturas, aparte de ser el único modo posible de existir que nos es dado, constituye nuestra mayor grandeza y dignidad: somos, como cualquier otro mortal, pertenencia de Dios, ni más ni menos, de modo análogo a como un hijo pertenece a su familia, como la esposa a su marido y viceversa, como el ciudadano a su patria. En este sentido, la falta de compromiso en la defensa de la ley natural podría derivar, como de hecho sucede, en una actitud de abandono, de apatía o desinterés hacia el hombre: pues lo que no tiene dueño o está fuera de todo orden de pertenencia, siempre queda expuesto al arbitrio y arrogancia de cualquier déspota. Sólo la existencia de una ley natural protege al hombre de sus propias garras. Se comprende entonces que quienes la defienden lo hagan con verdadera pasión.
Escrutando  más el corazón del profesor Squella  que sus columnas, me atrevería  aconsejarle –inteligencia no le falta-  que  se anime  a  seguir los pasos de su tocayo de  Hipona,  el  gran Agustín, para que en un día no lejano pueda exclamar, con una paz interior que me parece serle completamente desconocida: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! (Confesiones L. X, c.27).

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