jueves, 19 de octubre de 2017

MARTIN MOSEBACH, LA MISA TRADCIONAL ME DEVOLVIÓ A LA IGLESIA

El Cardenal Müller conversa con Martin Mosebach. 
Foto: Present

El pasado 13 de octubre, el periódico católico francés Anne Le Pape Présent ha publicado una entrevista al conocido escritor alemán Martin Mosebach con ocasión del Congreso Summorum Pontificum realizado en Roma, el pasado mes de septiembre, para celebrar los 10 años de este importante documento de Benedicto XVI. 

Fuente: present.fr
Texto recogido en tradinews
Traducción a cargo del blog

Entrevista con Martin Mosebach: un gran defensor de la liturgia tradicional.

Martin Mosebach es un famoso escritor alemán, conocido a la vez como novelista, guionista, dramaturgo, ensayista y poeta. En el año 2007 ganó el Premio Georg-Büchner, uno de los premios literarios más prestigiosos del país. Sus artículos sobre su descubrimiento y defensa de la liturgia tradicional han causado algún revuelo, y su voz no puede ser ignorada. Fue uno de los ponentes en el Coloquio del 14 de septiembre en Roma con ocasión de la peregrinación de Summorum Pontificum

¿Cuál ha sido el papel que ha jugado el descubrimiento de la liturgia católica tradicional en el crecimiento de su fe católica?

Es el descubrimiento de la liturgia tradicional lo que me devolvió a la Iglesia. Yo no soy un teórico ni un filósofo, sino más bien una persona práctica: la liturgia tradicional fue para mí la forma visible de la Iglesia y, por tanto, de la Iglesia misma. La religión de la Encarnación posee un rito de la encarnación. El lado físico del rito me convence porque el Dios de los cristianos se ha hecho carne.   

¿Qué cambiaría hoy a lo dicho en su libro «La liturgia y su enemigo, la herejía de lo informe» publicado (en el caso de la traducción francesa) en 2005?

Después de haber enviado innumerables cartas a Roma, me quedó claro que en el corazón de la Iglesia no había ninguna voluntad decidida de alentar verdaderamente la liturgia tradicional. El papa Juan Pablo II no mostraba mayor interés en la liturgia y el cardenal Ratzinger se topó con una violenta resistencia contra todo lo que quería hacer en el campo de la liturgia. Yo estaba convencido de que escribía por una causa perdida. Por otro lado, hoy la situación de la liturgia se presenta mejor.

En el año 2005, usted escribía en particular que el católico ligado al rito tradicional no tenía «ningún derecho a la esperanza». ¿Lo tiene ahora? ¿Y en qué medida?

Sería poco razonable afirmar que Summorum Pontificum no haya mejorado considerablemente la situación del rito tradicional. La mayor esperanza radica en los jóvenes sacerdotes, mucho más favorables al antiguo rito. Pero no debemos olvidar que el combate está lejos de terminar. La mayoría de los católicos han perdido el sentido litúrgico. Muchos católicos piadosos no comprenden en absoluto el problema de salvaguardar la liturgia tradicional. A esto se añade todavía la habitual incomprensión de una gran parte de los obispos. Mi esperanza se funda en una conversión impredecible de mentalidad; solo ella puede permitir un amplio reconocimiento del rito tradicional.

Estamos celebrando en el 2017 el décimo aniversario del motu proprio de Benedicto XVI, que precisamente ha declarado que el rito tradicional nunca fue prohibido, en contra de lo que afirman muchos sacerdotes e incluso obispos, rito tradicional que el papa ha querido sacar de las catacumbas ¿Pero qué cosa sucede hoy en este campo? ¿En Alemania, por ejemplo?

Hay efectivamente muchos más lugares donde se puede celebrar el rito tradicional, pero son en gran medida insuficientes. Sobre todo, se impide a los sacerdotes diocesanos celebrar el rito tradicional. En las parroquias ordinarias, solo una pequeña parte de los católicos tiene la posibilidad de llegar a conocerlo. El que lo busca puede ahora encontrarlo en Alemania, pero para buscarlo, es necesario conocerlo y la mayoría todavía está muy lejos de esto.

Usted plantea el problema de los cantos interpretados durante la misa en Alemania, que no son muy antiguos (se insertaron para responder al protestantismo). ¿Está de acuerdo en esto con el cardenal Sarah y su alabanza del silencio?

El problema de los cantos consiste, sobre todo, en que ocultan el desarrollo de la liturgia. La liturgia es confusa para los feligreses cuando ellos cantan y el sacerdote está haciendo algo completamente diferente. Se trata de un problema esencialmente alemán, que aún no es demasiado importante; la mayoría de las canciones son muy bellas, pero perturban la liturgia. El elogio del silencio del que ha hablado el Cardenal Sarah creo que se refiere sobre todo al silencio del Canon, que naturalmente no se pronuncia en voz alta.
Mi discurso contra los cantos era sobre todo un discurso en favor del canto gregoriano, un retorno a la música esencial de la Iglesia, una música que es parte integrante de la liturgia y no su mera decoración.

Usted señala que el anti-ritualismo actual se debe más a una debilidad religiosa, a una especie de astenia, que a una pasión religiosa. ¿No es esto peor que cualquier otra cosa?

¡Sí, es mucho más serio! Las antiguas herejías se caracterizaron por una pasión violenta los herejes a menudo estaban dispuestos a arriesgar sus vidas y sus seguidores eran por lo general ascetas; basta pensar en el calvinismo francés. La crisis actual es el resultado de un aburguesamiento de la Iglesia y propaga además una mediocridad burguesa. Su fruto es la herejía del indiferentismo. 

Hoy, en Roma, en septiembre del 2017, con ocasión de este aniversario del motu proprio Summorum Pontificum, ¿no vemos «a estos sacerdotes y monjes inflexibles que ahora mantienen viva la tradición con su resistencia, para que un día no tenga que ser reconstruida de manera libresca (teórica)» como eran sus deseos?

Efectivamente, forma parte de la gran dicha de este coloquio romano ver cómo un buen número de jóvenes sacerdotes y monjes están listos para tomar la antorcha. En relación al número total de católicos en el mundo, siguen siendo pocos, pero sin embargo suficientes para mantener viva la cuestión del rito. También es una ventaja especial que hoy existan muchas comunidades espirituales de carácter muy diverso que se esfuerzan por mantener el rito tradicional; es algo verdaderamente católico y muestra que el rito tiene su lugar en todas las formas imaginables de espiritualidad.

martes, 17 de octubre de 2017

MISA TRADICIONAL EN LA SERENA

Con alegría publicamos la invitación del cœtus fidelium de la Forma Extraordinaria del Rito Romano, desde hace años firmemente consolidado en la ciudad de La Serena (Chile), a la Misa Solemne que se celebrará con ocasión de la Fiesta de Cristo Rey (último domingo de octubre en el calendario tradicional). La difusión de la Misa antigua es un don que el Espíritu Santo ha querido suscitar nuevamente en nuestro tiempo y constituye un instrumento indispensable de evangelización, de crecimiento en la fe y una cantera de jóvenes vocaciones. Nuestros mejores augurios a los amigos de La Serena; «Oportet Illum Regnare», «Conviene que Él reine» (I Cor 15, 25).




lunes, 16 de octubre de 2017

UN CURIOSO CULTO SEDENTE

Con esta expresión John Eppstein (1895-1988), escritor converso del anglicanismo, describía uno de los rasgos de la misa establecida después del Concilio Vaticano II. En efecto, la sede presidencial y el ambón aparecieron tan sobredimensionados por los nuevos liturgistas, que hasta el Sagrario se vio desplazado por estos modernos «signos» de la presencia de Dios. Después de tantos años de reforma litúrgica (hoy la liturgia prácticamente se ha quedado sin forma), el católico medio ha terminado por acostumbrarse a usos, modas y costumbres que para nuestros abuelos y antepasados hubieran resultado simplemente inviables. Siempre resultará interesante oír la voz de quienes fueron los primeros testigos de la reforma litúrgica, para así comprender sus sentimientos y hacernos solidarios de su dolor: con estupor presenciaron a la misa católica revestirse con ornamentos de cena protestante. Con estilo y fina ironía, John Eppstein nos ha dejado un valioso testimonio de lo que muchos católicos experimentaron cuando se estrenó la nueva liturgia. He aquí un breve extracto.


«C
laro está que lo que causa congoja a tantos fieles no es solamente la cuestión lingüística, sino algo de mayor trascendencia: la supresión en la nueva liturgia truncada de ciertos elementos a los que, como veremos más adelante, la misa tridentina daba gran relieve. Y es asimismo la transformación del sacerdote que eleva preces a Dios y le ofrece el sacrificio del altar en nombre de los fieles en caricatura de un pastor protestante que grita desde el otro lado de una mesa o de un facistol y el deliberado ataque de las nuevas instrucciones contra la costumbre de arrodillarse para orar y para otros usos devotos. Ha surgido un curioso culto sedente. El sacerdote (la rúbrica general de la nueva misa le denomina «el presidente») se sienta contemplando taciturnamente a los fieles, como un buda, cuando no les lee las Escrituras o les habla. Y el resultado práctico de que emplee la lengua vernácula para dirigirles sus preces a ellos, sea desde el facistol o desde el otro lado de la mesa altar, aunque en teoría dirige sus palabras a Dios todopoderoso, es que propende a tomar un tonillo retórico que más bien busca impresionar a unos oyentes humanos con su elocuencia. Esto hace que quienes le escuchan adviertan inevitablemente la personalidad del oficiante, con verrugas y todo. Lo cual dista notoriamente del respeto despersonificado al quehacer sacerdotal que siempre ha distinguido al culto católico de los servicios protestantes, más gregarios, respeto que reducía al mínimo las distracciones. El empleo de la antigua lengua hierática y las exactas rúbricas que regían los actos del celebrante coadyuvaban a evitar que los defectos personales enturbiaran su sagrado menester». (John Eppstein, ¿Se ha vuelto loca la Iglesia Católica?, Ed. Guadarrama, Madrid 1973, p. 36-37)

martes, 10 de octubre de 2017

UNA CORRESPONDENCIA SORPRENDENTEMENTE ACTUAL

Un huracán de estupidez y abyección sopla por todos lados sobre la vasta extensión del mundo católico

Cartuja de La Valsainte (Suiza). Aquí entró Dom Porion en 1925  

Me he topado por casualidad con una interesante correspondencia entre Jacques Maritain (1882-1973), el conocido filósofo francés, amigo cercano de Pablo VI, y Dom Jean-Baptiste Porion (1899-1987), religioso cartujo francés, hombre de gran contemplación y, durante años, Procurador general de la Orden de los Cartujos en Roma. Ambos fueron testigos privilegiados de la gestación y desarrollo del Concilio Vaticano II, como también del extraño cariz que iban tomando sus reformas a medida que la asamblea se acercaba a su fin. Estas cartas, a la vez que reflejan un ánimo alterado frente a las amenazas que se cernían sobre la Iglesia, me parecen de una actualidad sorprendente, a pesar del medio siglo transcurrido desde que fueron escritas. Esto me ha motivado a traducirlas y traerlas al blog. El caso del filósofo francés me parece además particularmente elocuente sobre otro hecho: la congoja y desolación hasta el desgarro que tantos espíritus experimentaron por la precipitada y desprolija invasión de la lengua vernácula en la liturgia. Esperemos que las recientes disposiciones que otorgan mayor autonomía a las conferencias episcopales para la traducción de los textos litúrgicos, no se transforme en otra ola de fealdad y mal gusto que golpee nuevamente nuestra frágil liturgia, hace tiempo en riesgo de zozobrar.

Carta de Dom Jean-Baptiste Porion a Jacques Maritain, 7 de mayo de 1965

Estimado Señor Maritain,

[…] encomiendo a vuestra oración nuestro próximo capítulo general. En este  deslizamiento de tierra que socava todas las estructuras de la Iglesia, hasta ahora nuestra Orden no se ha movido. Pero es difícil que no se resienta por las consecuencias. Lo que más me preocupa actualmente, son los esfuerzos del cuerpo eclesiástico por expulsar el elemento eremítico, ascético y contemplativo  de la tradición cristiana.
En el pasado, los pontífices podían ser santos o estar muy lejos de serlo, y lo mismo los teólogos, pero su estima por la vida monacal y por su dedicación a las realidades eternas no variaba; nosotros hemos vivido nueve siglos de la fe de la Iglesia, somos un acto de fe de la Iglesia. Si se confirma el cambio que se ha producido en este sentido, es difícil que no sea fatal para las Órdenes de monjes, o de monjas contemplativas y de clausura.
Encuentro a mis interlocutores romanos más o menos resignados a esta evolución. Lo que apremia a los clérigos actualmente es la urgencia por abrir la Iglesia a los valores del mundo, manifestar en su nombre «una auténtica voluntad de acogida» para el mundo y sus progresos maravillosos. (Hay en este deseo algo de auténtico y justo, pero también un acento de vulgaridad y de tontería tan profunda, que no es posible formularlo sin ironía.)  Por otra parte, en el hecho mismo de nuestro creciente aislamiento, reconocemos una característica de nuestra vocación y la tomamos como una gracia, tratando de ser más fiel a ella.
Agradeciéndole una vez más, ruego que acepte, querido Señor Maritain, mis sentimientos de respeto.
En Nuestro Señor,
J. Baptiste M. Porion, O. Cart.

Respuesta de Jacques Maritain

Toulouse, 16 de mayo de 1965

  Mil gracias por su amable carta, mi querido Padre y amigo. [...] Lo que me ha escrito acerca de su próximo capítulo general me ha conmovido profundamente. Me parece muy significativo desde el punto de vista de la filosofía de la historia que, justo cuando en el Concilio el Espíritu Santo hace proclamar (en un lenguaje a mi parecer demasiado cargado de retórica) cambios de actitud que representan un progreso inmenso (y que han tardado demasiado), al mismo tiempo un huracán de estupidez y de abyección de poder extraordinario y aparentemente irresistible, sople por todos lados sobre la vasta extensión del mundo católico, especialmente el eclesiástico. Esta crisis me parece una de los más graves que la Iglesia jamás ha conocido. Ella tiene a mis ojos un carácter escatológico y parece anunciar grandes apostasías. [...] Lo que hoy vemos es una postración delirante y general ante el mundo. Todos estos católicos, todos estos sacerdotes extasiados ante el mundo, dando gemidos de amor y adoración cuando se trata de él, y que repudian frenéticamente todo aquello que, tanto en el orden intelectual como en el orden espiritual, ha constituido la fuerza de la Iglesia, es verdaderamente un espectáculo curioso, y que no se explica, a mi parecer, más que de una manera freudiana, por una repentina liberación colectiva de miserables libídines reprimidas durante largo tiempo. No es el becerro de oro lo que adoran, sino una cerda de aluminio con cerebro electrónico. Y si todavía se dicen cristianos, es porque creen que mediante un cristianismo debidamente mundanizado podremos alcanzar al fin «la plenitud de la naturaleza». Está claro que Dios y el diablo trabajan simultáneamente en la historia humana; y cuando el Espíritu Santo comienza a soplar, el otro produce inmediatamente sus huracanes.
Perdone toda esta perorata debida sin duda a la exasperación en que me encuentro al ver la misa, que cada mañana era un momento de paz para mi pobre alma, invadida ahora por la tontería, la fealdad y la vulgaridad de la estúpida traducción francesa que nuestro episcopado se apresuró en aprobar…
Reciba, mi querido Padre y amigo, mi más afectuosa y devota veneración.
Jacques Maritain

Fuente y textos originales: lesalonbeige

sábado, 7 de octubre de 2017

EL ROSARIO Y LOS PAPAS


Ninguna oración ha sido tan recomendada y alabada por los Papas del último siglo como el rezo del Santo Rosario; es la rosa más preciosa para honrar a Santa María, el arma más potente para vencer a los enemigos de la Iglesia, y la cadena más segura para trepar a las alturas de la felicidad celestial.

1. «El Rosario es la más agradable de las oraciones, resumen del culto que se debe tributar a la Virgen, una manera fácil de hacer recordar a las almas sencillas los dogmas principales de la fe cristiana, un modo eficaz de curar el demasiado apego a lo material y un remedio para acostumbrarse a pensar en lo eterno que nos espera». León XIII

2. «El Rosario es de todas las oraciones la más bella. La más rica en gracias y la que más complace a la Santísima Virgen». San Pío X

3. «El Rosario ocupa el primer puesto entre las devociones en honor de la Virgen y sirve para progresar en la fe, la esperanza y la caridad». Pío XI

4. «El Rosario es arma poderosísima para curar los males que afligen a nuestro mundo». Pío XII

5. «El Rosario es la Biblia de los pobres… Es el obsequio mejor a María… Es oración para todo tipo de gentes… Es la síntesis de la redención en quince cuadros… Es el Evangelio que revive… Son quince ventanas a través de las cuales contemplo, a  la luz de Dios, todo lo que sucede en el mundo… Es una magnífica posibilidad de contemplación». San Juan XXIII

6. «El Rosario es una oración sencillísima y bellísima, que invita al reposo interior, al abandono en Dios y a la confianza en la seguridad de obtener las gracias que necesitamos por la meditación poderosa de la Santísima Virgen María, cuyo nombre constantemente invocamos». Beato Pablo VI

7. «El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! En su sencillez y en su profundidad. En esa plegaria repetimos muchas veces las palabras que la Virgen oyó del Arcángel y de su prima Isabel. Y en el trasfondo de las Aves Marías, pasan ante los ojos del alma los episodios principales de la vida de Jesucristo. El Rosario en su conjunto consta de los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, y nos pone en comunión vital con Jesucristo a través del corazón de su madre». Juan Pablo II

8. «El Rosario es una escalera para subir al cielo… El Rosario nos proporciona dos alas para elevarnos en la vida espiritual… Es la oración más sencilla a la Virgen, pero la más llena de contenidos bíblicos… Cuando rezamos el Rosario, está la Santísima Virgen rezando con nosotros. En el Rosario hacemos lo que hace María, meditamos en nuestro corazón los Misterios de Cristo». San Juan Pablo II

9. «Tanto el rezo del Rosario como el del Ángelus debe ser para todos los cristianos y aún más para la familia cristiana y las comunidades religiosas como un oasis espiritual en el curso de la jornada para tomar valor y afán». San Juan Pablo II

10. «El Rosario es una oración contemplativa y cristocéntrica, inseparable de la meditación de la Sagrada Escritura. Es la plegaria del cristiano que avanza en la peregrinación de la fe, siguiendo a Jesús, precedido por María». Benedicto XVI

11. «El Rosario es la oración que acompaña siempre mi vida; también es la oración de los sencillos y de los santos… es la oración de mi corazón». Papa Francisco.

martes, 3 de octubre de 2017

VETUS ORDO EN VALENCIA

 Ermita de Santa Lucía. Valencia, España

C
ada domingo, la hermosa ermita de Santa Lucía, no lejos del casco histórico de la ciudad, y que alberga en su interior numerosas obras de arte de los siglos XVII, XVIII y XIX, acoge a los fieles niños, jóvenes y adultos que desean asistir a la Santa Misa según la forma extraordinaria del rito romano. Un ambiente familiar de recogimiento, piedad y activa participación acompaña la celebración eucarística; así lo muestran las fotografías que un amigo nos acaba de enviar de la misa del domingo pasado.





sábado, 30 de septiembre de 2017

CONSEJOS DE JERÓNIMO A SACERDOTES Y MONJES


  «Ocupaos siempre en algún trabajo, para que el demonio nunca os halle ocioso, y así no tenga entrada en vuestra alma» 

  «Siempre esté en vuestra mano la Sagrada Escritura»

  «Ningún arte se puede aprender sin maestro»

  «Las mujeres conozcan vuestro nombre, pero ignoren vuestro semblante»

  «Haced oración a menudo e, inclinando el cuerpo a la tierra, enderezad y levantad el corazón al Cielo»

  «Cuando enseñareis o predicareis en la iglesia, sea tal la doctrina que más provoque lágrimas que aplausos y  aclamaciones. Las lágrimas de los oyentes sean vuestras alabanzas»

  «Si deseáis cosas aún más perfectas, salid como Abrahán de vuestra tierra y de vuestra parentela, y caminad a donde no sabéis»

  «Cuerpo y alma se encaminen juntos al Señor»

  «Os aconsejo que viváis en compañía de varones santos y piadosos, que no os conduzcáis por vuestra propias luces, y que no os engolféis sin guía en los senderos en que jamás habéis andado»

  «Las pláticas del sacerdote estén siempre saboreadas con la lectura de las Escrituras»

 «Estad sujeto a vuestro obispo y reverenciadle como a padre de vuestra alma… Pero también los obispos deben considerar que son sacerdotes y no amos; y así deben honrar a los clérigos, para que los clérigos los honren a ellos como obispos…»

  «Más vale confiar en el Señor que en el hombre y mejor es esperar en el Señor que en los príncipes»

jueves, 28 de septiembre de 2017

EL VIEJO MISAL: UNA EXPERIENCIA

Con un sugestivo y entrañable relato, José Pérez Adán, sociólogo, docente de la Universidad de Valencia y gestor de la Secretaría de la Universidad Libre Internacional de las Américas en dicha ciudad, ha querido compartir con amigos y colegas una experiencia suya reciente e inolvidable: su reencuentro con la antigua liturgia. Agradecemos la gentileza de facilitarnos el texto para su publicación, y deseamos que su lectura sea augurio de vivencias similares.

EL VIEJO MISAL         
Por José Pérez Adán

S
iguiendo el consejo de un santo lo guardé cuando dejó de usarse. Le tenía cariño y de hecho lo he venido leyendo y repasando con asiduidad nostálgica muchos años, deseando tener la oportunidad de asistir de nuevo con la devoción de mi juventud a una misa de aquellas. Cuando Benedicto XVI promulgó Summorum Pontificum en 2007 pensé que había llegado el momento y que ya no tendría que esperar más y que encontraría facilidades por doquier para reencontrarme con esa piedad bendita y bella. Pero no. Mi desengaño fue grande al constatar que los clérigos (incluso algunos que habían oído el mismo consejo de labios del mismo santo) ya se habían acostumbrado a mandar un poco más y estaban cómodos decidiendo (¡espejismo de libertad!) la posibilidad litúrgica del día como permitía la reforma, y centrando las miradas de la feligresía en ellos mismos. Por más que busqué, ahora al amparo del derecho, no encontré ni siquiera entre los más veteranos quien detectase su deber en el derecho del laico, como dice el Motu Propio del papa Benedicto.

  He conocido a bastantes sacerdotes pero ahora solo unos pocos auténticamente servidores. Muchos se han tornado mandones y pagados de sí mismos, y últimamente vuelven los trabucaires, esos que ven en la moral una excusa para hablar y pontificar de política y asuntos profanos por doquier. Siempre me he confesado un católico anticlerical pero creo que hoy en día tengo más razones para justificarlo a ojos extraños.

  Ayer, sin embargo, encontré un cura que me devolvió un hálito de esperanza y alegría. Un amigo me invitó a la misa que según el modo extraordinario se celebra los domingos en Valencia en la ermita de Santa Lucía, uno de los dos únicos templos que no fue profanado en la persecución religiosa del 36 en la ciudad (por cierto la más sangrienta de memoria histórica conocida). Era la primera vez que volvería a usar mi viejo misal después de tantos años en una celebración eucarística. La verdad es que iba con prevención. Temía encontrarme con un grupo de viejos intransigentes haciendo ostentación de tozudo enfrentamiento y también temía no encontrar la visibilidad formal de la sumisión a Dios que añoraba. Mis temores se desvanecieron enseguida. La feligresía era bastante más joven que la habitual en las misas de domingo. A mi lado se sentó un muchacho de unos quince años que contestaba en latín sin necesidad de leer su misal. Todos sabíamos lo que hacíamos ahí. El centro de atención era el sagrario y el protagonista Dios Padre, a quien se ofrecía el sacrificio. El cura no se hizo notar en absoluto, ni siquiera en su breve homilía de menos de cinco minutos. De hecho podía haber sido cualquier otro y la solemnidad y recogimiento quedaron salvados en todo momento. Hizo lo que tenía que hacer muy bien impersonando al oferente y víctima y, por tanto, pasando desapercibido. Todo muy preciso, fluido y digno. Al contrario de lo que ocurre en otros templos, y eso que era mi primera vez después de tanto tiempo, no hubo casi ninguna distracción y todo pasó o se me hizo muy rápido. ¡Qué bien!, ¡qué gusto!, ¡qué paz!

  Al salir saludé a algún conocido con sorpresa mutua y volviendo a casa en el autobús, ciertamente emocionado, contemplé mi viejo misal, lo acaricié y besé con cariño. Y comprendí un poco más y mejor, agradecido, a ese sacerdote santo que me aconsejó conservarlo.

lunes, 25 de septiembre de 2017

MEJOR ADORAR QUE ANIMAR

Siempre he considerado que la figura del animador litúrgico encierra el reconocimiento tácito del gran fracaso litúrgico contemporáneo. Cuando los signos litúrgicos se vuelven incapaces de hablar por sí mismos y necesitan de reanimación, es casi seguro que estamos en presencia de un cadáver. Por esta razón me ha interesado un artículo de Aldo Maria Valli, particularmente luminoso sobre el tema, cuya traducción presento a continuación.

¿Animar la Liturgia? No, gracias. Mejor servirla
Por Aldo Maria Valli
E
ntro en una librería y veo numerosos «subsidios para la animación litúrgica». Frente a este tipo de textos, siempre quedo un poco perplejo. ¿Qué cosa debería ser animada por la liturgia? Para ser sincero, nuestras liturgias me parecen ya demasiado animadas, en el sentido de que veo mucha humana fantasía y poco recogimiento, una cierta confusión y poca adoración.
La cháchara que hay en la iglesia, antes del comienzo de una celebración, es reveladora. ¿Será posible que la gente no sea capaz de estar en silencio ni siquiera en esta circunstancia? ¿Será posible que ya no se esté en condiciones de distinguir entre un espacio y un tiempo ordinario y un espacio y un tiempo sagrado?
Más que subsidios para la animación litúrgica, yo publicaría subsidios para enseñar el silencio.
Según un querido amigo mío, la idea de que la liturgia tenga que ser «animada» nace del hecho de que hay también muchos católicos que ignoran qué cosa sea la liturgia católica. Ya no la viven como el lugar, el contexto en el que es posible acercarse a Dios a través de su Hijo; el lugar en el que se puede tocar a Cristo mediante los sacramentos, sino como una simple reunión social. De aquí que el énfasis recaiga sobre la animación. Si en el centro se encuentra la comunidad, como si la liturgia consistiera en el encontrarse de la comunidad misma, entonces llega a ser importante la animación. Como en las fiestas de niños, dónde la presencia del animador parece cosa obligada.
Nosotros, me dice mi amigo, quizá todavía hablamos de «comunión», pero la imaginamos como una simple reunión social hacia la cual todo se orienta; incluso la Santa Misa se convierte en ocasión de compartir socialmente.
Este modo de ver la liturgia tiene una consecuencia importante: puesto que ya no es culto, es decir, literalmente, cultivo de la relación con Dios, sino simplemente reunión, el objetivo número uno llega a consistir en no excluir a nadie. En el mismo momento en que la asamblea se constituye como protagonista, el fin se convierte en la asamblea misma. Por tanto, mientras más grande sea la asamblea, mejor. De aquí la idea de que en la liturgia puedan participar todos, independientemente del propio estado espiritual o de la propia fe.
En esta visión, dominada por la idea de que la liturgia es una reunión y la asamblea su protagonista, el mal no está en la incapacidad de dar gloria a Dios, sino en la posible exclusión de alguno. Por tanto, puertas abiertas.
Pero así se olvida que la liturgia católica no es un simple reencontrarse, en sentido genérico. Es comunión en el Espíritu Santo, comunión de los bautizados. Se olvida que a la eucaristía se llega proviniendo del bautismo.
Dice mi amigo, que es un teólogo experto: el pensamiento común sostiene que todos somos hijos de Dios y que, por tanto, nadie puede ser excluido de la liturgia. Pero no todos somos bautizados, y la liturgia católica es para los bautizados, para gente que está en comunión en el Espíritu Santo. Decir que todos somos hijos de Dios, dando a entender de este modo que somos todos iguales, significa negar el bautismo. Si para entrar en la Iglesia y participar en la liturgia basta ser hijo de Dios, ¿qué necesidad hay del bautismo? Y si no hay necesidad del bautismo, ¿por qué no admitir a todos a la eucaristía, incluso a los no católicos?

Para mi amigo teólogo, en el momento en que la liturgia pierde su connotación divina y se convierte exclusivamente en un hecho social, también la comunidad cristiana pierde la fe en el Dios encarnado. En su sitio, tenemos una genérica fe en un Dios universal. Tenemos un vago deísmo, que gusta mucho al mundo pero no es católico. Desde este punto de vista, la crisis de la fe tiene su presupuesto, quizá el más relevante, precisamente en la crisis de la liturgia.

La liturgia tiene sentido en la medida en que el cielo desciende sobre la tierra, y lo divino entra en lo humano. Si esta dimensión divina se descuida o, peor aún, se niega, estamos frente a una falsificación de la liturgia. Quizá formalmente pueda parecer todavía católica, pero en sustancia es falsa. Ya no transmite más la fe en el hombre Jesucristo que ha venido al mundo, sino que celebra al hombre.
¿El remedio? Hacer renacer el sentido de lo sagrado en los corazones.
Según mi amigo, muchos fieles, por aquí y por allá, se han dado cuenta y buscan refugio, para que la liturgia vuelva a ser un acto de glorificación a Dios, en un espacio y en un tiempo sagrados, y no simple espectáculo social. En una época como la nuestra, marcada por una gran confusión, es necesario volver a lo fundamental: reconocer lo sagrado, distinguiéndolo de lo ordinario; reconocer que la liturgia es el espacio y el tiempo en los que Dios, y no el hombre, tiene sus derechos. Y enseñarlo a los bautizados desde niños.
Más que de animación hay necesidad de estupor ante el misterio de lo sagrado. La liturgia no debe ser animada. Si acaso, debe ser servida.

jueves, 21 de septiembre de 2017

MATEO, SEDUCIDO POR UNA MIRADA

Niccolò Tornioli, Vocación de San Mateo (1635-1637) 
Foto wikipedia.org

  Copio este texto de un hermoso libro sobre Jesús, publicado recientemente, en el que de manera sucinta se refiere la vocación de Mateo, apóstol y evangelista. Con sencillez y maestría, el autor destaca el papel decisivo de la mirada de Cristo a la hora del llamamiento: Cristo llama no solo con su palabra imperiosa, sino también con su mirada misericordiosa.

«H
ay algo muy sobrenatural en estas primeras llamadas, claramente divinas, que movían a seguir a Jesús y a confesar su identidad celestial sin mayores trámites. Le bastaba una simple palabra, acompañada de una mirada singularísima, para arrebatar los corazones de aquellos llamados de la primera hora, no para ser discípulos, sino para llegar a contarse entre los doce apóstoles.
  La llamada de Mateo fue muy diferente, porque Mateo era una persona diferente. No era un pescador o un labriego de Galilea, sino un hombre rico, y con fama de pecador público: un publicano. Su nombre de origen era Leví, y estaba sentado en su oficina de tributos.
  Pasó Jesús por allí, lo miró y le dijo simplemente: ¡Sígueme! Él, dejando todos sus bienes, lo siguió de inmediato. Solo nos cabe pensar, una vez más, en los ojos imperativos y en la mirada ardiente de Jesús, para explicarnos esta renuncia y este seguimiento instantáneo.
  Tal fue el entusiasmo de Mateo, que ofreció a Jesús una comida o cena, a la que invitó a sus amigos, que eran como él, publicanos y pecadores, para nuevo escándalo de los fariseos. La respuesta de Jesús fue este conmovedor enunciado de su misión en la tierra: Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (José Miguel Ibáñez Langlois, Jesús, Ed. El Mercurio, Santiago de Chile 2017, p. 61-62).

martes, 19 de septiembre de 2017

«EN SUS SANTAS Y VENERABLES MANOS» (y III)

L
a mención a las manos «santas y venerables» del Señor en el relato de la institución del Canon Romano, parece recoger una antigua expresión de San Clemente Romano presente ya en su primera carta a los Corintios. En ella, Clemente exhorta a los fieles de aquella Iglesia a no abandonar por desidia las buenas obras, de modo análogo a como Dios, Artífice y Dueño de todas las cosas, se regocija y complace en el cuidado y gobierno de sus criaturas. Así, luego de referirse a la creación del cielo y de la tierra, añade: «Finalmente, con sus santas e inmaculadas manos, plasmó al hombre, la criatura más excelente y grande por su inteligencia, imprimiéndole el cuño de su propia imagen» (San Clemente I Cor 33, 4).
El paso de las manos omnipotentes del Creador a las manos santas del Redentor en la liturgia, tiene profundidad teológica. «Tus manos me hicieron y me plasmaron» (Sal 119, 73), dice el salmista con humildad y gratitud. Esas mismas manos se han hecho ahora carne en las santas y venerables manos de Cristo, convirtiéndolas en instrumento de santificación y redención. En sus santas y venerables manos nos toma Cristo para ofrecernos al Padre junto con él; a su vez, por sus santas y venerables manos se derrama sobre nosotros toda suerte de gracias y bendiciones. Por esas manos volvió la vista a muchos ciegos, la limpieza a muchos leprosos, la maravillosa sinfonía del sonido a muchos sordos, la agilidad a innumerables cojos y tullidos… Pero, sobre todo, por esas manos llega al cielo todo el honor y toda la gloria que el Creador se merece (omnis honor et gloria).
¡Qué evocadoras resultan las santas y venerables manos del Señor!

sábado, 16 de septiembre de 2017

CARTA DE CIPRIANO A CORNELIO

Hoy, fiesta de los santos Cornelio, Papa, y Cipriano, Obispo de Cartago, la liturgia de las horas nos ofrece un impactante testimonio de la unidad y firmeza en la fe que entrelazó la vida de estos dos grandes pastores de la Iglesia primitiva. Solo la unidad en la fe robustece al Cuerpo místico de Cristo, creando en sus miembros la admirable disposición de morir por la Verdad.

Cipriano a su hermano Cornelio:

Hemos tenido noticia, hermano muy amado, del testimonio glorioso que habéis dado de vuestra fe y fortaleza; y hemos recibido con tanta alegría el honor de vuestra confesión, que nos consideramos partícipes y socios de vuestros méritos y alabanzas. En efecto, si formamos todos una misma Iglesia, si tenemos todos una sola alma y un solo corazón, ¿qué sacerdote no se congratulará de las alabanzas tributadas a un colega suyo, como si se tratara de las suyas propias? ¿O qué hermano no se alegrará siempre de las alegrías de sus otros hermanos?
No hay manera de expresar cuán grande ha sido aquí la alegría y el regocijo, al enterarnos de vuestra victoria y vuestra fortaleza: de cómo tú has ido a la cabeza de tus hermanos en la confesión del nombre de Cristo, y de cómo esta confesión tuya, como cabeza de tu Iglesia, se ha visto a su vez robustecida por la confesión de los hermanos; de este modo, precediéndolos en el camino hacia la gloria, has hecho que fueran muchos los que te siguieran, y ha sido un estímulo para que el pueblo confesara su fe el hecho de que te mostraras tú, el primero, dispuesto a confesarla en nombre de todos; y, así, no sabemos qué es lo más digno de alabanza en vosotros, si tu fe generosa y firme o la inseparable caridad de los hermanos. Ha quedado públicamente comprobada la fortaleza del obispo que está al frente de su pueblo y ha quedado de manifiesto la unión entre los hermanos que han seguido sus huellas. Por el hecho de tener todos vosotros un solo espíritu y una sola voz, toda la Iglesia de Roma ha tenido parte en vuestra confesión.
Ha brillado en todo su fulgor, hermano muy amado, aquella fe vuestra, de la que habló el Apóstol. Él preveía, ya en espíritu, esta vuestra fortaleza y valentía, tan digna de alabanza, y pregonaba lo que más tarde había de suceder, atestiguando vuestros merecimientos, ya que, alabando a vuestros antecesores, os incitaba a vosotros a imitarlos. Con vuestra unanimidad y fortaleza, habéis dado a los demás hermanos un magnífico ejemplo de estas virtudes.
Y, teniendo en cuenta que la providencia del Señor nos advierte y pone en guardia y que los saludables avisos de la misericordia divina nos previenen que se acerca ya el día de nuestra lucha y combate, os exhortamos de corazón, en cuanto podemos, hermano muy amado, por la mutua caridad que nos une, a que no dejemos de insistir junto con todo el pueblo, en los ayunos, vigilias y oraciones. Porque éstas son nuestras armas celestiales, que nos harán mantener firmes y perseverar con fortaleza; éstas son las defensas espirituales y los dardos divinos que nos protegen.
Acordémonos siempre unos de otros, con grande concordia y unidad de espíritu, encomendémonos siempre mutuamente en la oración y prestémonos ayuda con mutua caridad cuando llegue el momento de la tribulación y de la angustia. (San Cipriano, Carta 60, 1-2. 5: CSEL 3, 691-692. 694-695).

lunes, 11 de septiembre de 2017

«EN SUS SANTAS Y VENERABLES MANOS» (II)

Quizá algún celoso liturgista justificaría la omisión a las manos santas y venerables de Cristo en las nuevas plegarias eucarísticas, alegando que no se encuentra en los relatos del nuevo Testamento. Cierto, pero la liturgia nunca ha sido un «copy-paste» de la Escritura; hace años lo hacía notar G. Chevrot en su hermoso libro sobre la Misa: «Releamos este texto, tan legítimamente querido por todos los cristianos: La víspera de Su Pasión (Jesús) tomo el pan en Sus santas y venerables manos. Nuestros cuatro Evangelios –y este es un hecho sobre el cual jamás se insistirá demasiado- no contienen ninguna palabra de alabanza dirigida a Jesús; sus autores se limitan a resumir unos hechos y unos discursos en un relato rigurosamente objetivo. Pero semejante reserva no se comprendería en el culto cristiano. Así el texto del Canon ha añadido dos adjetivos en homenaje al Salvador. Y más que para evocar el poder de las manos de Jesús, que, por haber devuelto la vista a los ciegos y la vida a los cadáveres, podían mandar a los elementos materiales, lo ha hecho para que admiremos cómo «Sus manos santas y venerables» estuvieron siempre al servicio de Su amor hacia nosotros» (Georges Chevrot, Nuestra Misa, Ed. Rialp, Madrid 1962, p. 233-234).

La fe en el portentoso milagro de la transubstanciación, obrado por primera vez en las mismísimas manos de Jesucristo, vuelve del todo comprensible el deseo de enriquecer el relato de la institución eucarística para su uso cultual. No extraña, por tanto, que desde temprana edad, los primeros cristianos, echando mano de elementos de la tradición, quisieran subrayar la majestuosidad de la persona de Cristo, cuando, en esa hora sublime, se disponía a instituir el Sacrificio de la Nueva Alianza. De este modo, en la mayoría de las anáforas de las grandes familias litúrgicas, encontramos que el relato de la institución viene introducido por una piadosa mención a la humanidad santa de Cristo, específicamente a sus manos sacratísimas y algunas veces a sus ojos. Veamos algunos ejemplos.

La anáfora de la Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo, quizá la más extendida en el oriente cristiano, introduce así el relato de la institución:

«…en la noche en que fue entregado –o más bien, se entregó a Sí mismo por la vida del mundo– tomó pan en sus santas, puras e inmaculadas manos, y dando gracias lo bendijo, lo santificó y partió, y lo dio a sus santos discípulos y apóstoles diciendo: Tomad y comed: éste es mi Cuerpo, que por vosotros es partido para la remisión de los pecados».

En la emblemática anáfora de San Basilio, leemos:

«Cuando iba, en efecto, a ir a su voluntaria, celebrada y vivificante muerte, la noche en que se entregó a sí mismo para la vida del mundo, tomó pan en sus santas e inmaculadas manos, mostrándotelo a ti Dios y Padre; dando gracias, bendiciendo, santificando, partiéndolo, lo dio a sus santos discípulos y apóstoles diciendo: "Tomad y comed, esto es mi cuerpo, partido por vosotros para el perdón de los pecados».

La anáfora de San Marcos, posiblemente una de las fuentes del Canon Romano, dice así:

«Porque el mismo Señor, y Dios, y Salvador, y Rey nuestro absoluto Jesucristo, la noche en que se entregaba a sí mismo por nuestros pecados y soportaba la muerte en su carne por todos, mientras estaba recostado con sus santos discípulos y apóstoles, tomando pan en sus santas, puras e irreprensibles manos, elevando los ojos al cielo, hacia ti, Padre suyo, Dios nuestro y Dios de todos los seres, dando gracias, bendiciendo, santificando, partiéndolo, lo dio a sus santos y bienaventurados discípulos y apóstoles, diciendo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo, partido por vosotros y distribuido para el perdón de los pecados».

¡Cuánto respeto en esos adjetivos –auténticos dardos de amor– para referirse a las manos de nuestro Redentor! Bastaría este hermoso detalle de piedad litúrgica para preferir habitualmente el Canon Romano a las otras plegarias eucarísticas.