lunes, 21 de agosto de 2017

SAN PIO X, DEFENSOR DE LA DE

Deus, qui ad tuéndam católican fidem,
et univérsa in Christo instauránda beatum Pium papam
cælesti sapiéntia et apstólica fortitúdine replevíste,
concéde propítius,
ut, eius institúta et exémpla sectántes,
præmia consequámur ætérna. Per Dóminum.

San Pío X, retrato al óleo de fray Pedro Subercaseaux (1911)

Dios nuestro, que para defender la fe católica
e instaurar todas las cosas en Cristo,
colmaste de sabiduría divina y de fortaleza apostólica
al Papa san Pío X,
concédenos que, siguiendo sus enseñanzas y ejemplos,
alcancemos la recompensa eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios, por los siglos de los siglos.
(Oración Colecta)

viernes, 18 de agosto de 2017

SAN ALBERTO HURTADO: ¡MI MISA ES MI VIDA!

Extracto de una meditación sobre la Eucaristía de San Alberto Hurtado, santo jesuita chileno, apóstol de Jesucristo y servidor de los más necesitados. En la santa misa encontró Alberto el centro y la fuerza de su vida cristiana y sacerdotal; en la misa alcanzó su identificación con Cristo Sacerdote y Víctima.  

«E
l sacrificio eucarístico es la renovación del sacrificio de la cruz. Como en la cruz todos estábamos incorporados en Cristo; de igual manera en el sacrificio eucarístico, todos somos inmolados en Cristo y con Cristo.

De dos maneras puede hacerse esta actualización. La primera es ofrecer, como nuestra, al Padre celestial, la inmolación de Jesucristo, por lo mismo que también es nuestra inmolación. La segunda manera, más práctica, consiste en aportar al sacrificio eucarístico nuestras propias inmolaciones personales, ofreciendo nuestros trabajos y dificultades, sacrificando nuestras malas inclinaciones, crucificando con Cristo nuestro hombre viejo. Con esto, al participar personalmente en el estado de víctima de Jesucristo, nos transformamos en la Víctima divina. Como el pan se transubstancia realmente en el cuerpo de Cristo, así todos los fieles nos transubstanciamos espiritualmente con Jesucristo Víctima. Con esto, nuestras inmolaciones personales son elevadas a ser inmolaciones eucarísticas de Jesucristo, quien, como Cabeza, asume y hace propias las inmolaciones de sus miembros.

¡Qué horizontes se abren aquí a la vida cristiana! La Misa centro de todo el día y de toda la vida. Con la mira puesta en el sacrificio eucarístico, ir siempre atesorando sacrificios que consumar y ofrecer en la Misa.

¡Mi Misa es mi vida, y mi vida es una Misa prolongada!».

Ornamentos sacerdotales utilizados por San Alberto Hurtado (Museo Santuario Padre Hurtado en Santiago de Chile, lugar donde se veneran sus restos sagrados)





jueves, 17 de agosto de 2017

EXTRAÑA PERFORMANCE EN IGLESIA JESUITA

Un amigo –de paso por Múnich– me envía unas fotografías de la extravagante performance con que se topó al visitar la Iglesia de San Miguel (Michaelkirche) en pleno centro de la capital de Baviera. Se trata de uno de los templos jesuitas más grandes y llamativos del mundo, erigido entre 1583 y 1597 como foco espiritual de la Contrarreforma. Sin salir de su asombro, mi amigo no logró recabar mayor información a qué se debía tal adefesio; no obstante, a estas alturas, a nadie debería extrañar que ciertas iglesias alemanas estén convertidas en galerías de arte contemporáneo, con olvido total del carácter sagrado de los recintos destinados al culto. En todo caso, las sucias camisetas que cuelgan en ese presbiterio de majestuosidad barroca y la cabeza del decapitado que yace en el suelo, parecen mostrar con refinamiento artístico la descomposición galopante de la iglesia alemana en general y de la Compañía en particular.



lunes, 14 de agosto de 2017

PARA GLORIA DE DIOS Y GOZO DE LA IGLESIA

«Q
uapropter, postquam supplices etiam atque etiam ad Deum admovimus preces, ac Veritatis Spiritus lumen invocavimus, ad Omnipotentis Dei gloriam, qui peculiarem benevolentiam suam Mariae Virgini dilargitus est, ad sui Filii honorem, immortalis saeculorum Regis ac peccati mortisque victoris, ad eiusdem augustae Matris augendam gloriam et ad totius Ecclesiae gaudium exsultationemque, auctoritate Domini Nostri Iesu Christi, Beatorum Apostolorum Petri et Pauli ac Nostra pronuntiamus, declaramus et definimus divinitus revelatum dogma esse : Immaculatam Deiparam semper Virginem Mariam, expleto terrestris vitae cursu, fuisse corpore et anima ad caelestem gloriam assumptam».

Asunción de Juan Carreño de Miranda (c. 1657)

«P
or tanto, después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces e invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para acrecentar la gloria de esta misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste». (Pio XII, Constitución Apostólica Munificentissimus Deus del 1º de noviembre de 1950)

viernes, 11 de agosto de 2017

SAN JOSEMARÍA Y SU APRECIO POR LA SOTANA

Padre J. A. Williams junto al Estrecho de Magallanes 
Punta Arenas, Chile

Cuando por los años setenta se generalizaba en la Iglesia el abandono de la sotana por un extraño afán de no manifestar externamente la condición sacerdotal, San Josemaría Escrivá no cesaba de inculcar a los sacerdotes la necesidad de vestir el traje sacerdotal, de modo particular el hábito talar. Suyas son las palabras que recojo a continuación, tomadas en coloquios o tertulias de aquellos años:

«Quiero insistir en que estiméis el traje talar, que tanto respeto nos merece. No es posible que nos dé vergüenza que nos reconozcan como lo que somos, como sacerdotes. Ahora que se habla tanto de testimonio, éste es un hermoso testimonio: ser hombres que no se avergüenzan de ser sacerdotes, que no se esconden, que no se disfrazan. Además, de otra forma, es muy difícil ir bien cuidado. La sotana tiene siempre una cierta dignidad».

«Los sacerdotes tenemos que mostrar que somos sacerdotes, de un modo que sea evidente para todos. Si no llevase una manifestación externa de mi sacerdocio, muchas personas que podrían acudir a mí en la calle, o en cualquier otro sitio, no vendrán porque no saben que soy ministro de Dios».

«Los fieles se sienten confirmados en la fe, asegurados en la fe, miran con un cariño loco al sacerdote que no se esconde».

Tres razones creo vislumbrar en estos textos que parecen validar suficientemente el uso de la sotana:

1° Testimonio: La sotana como vestimenta propia del sacerdote es ante todo un precioso testimonio de amor a la propia vocación y un hermoso signo de su pertenencia a Dios.
2° Servicio: La sotana manifiesta sobremanera la disposición del sacerdote de estar pronto a servir a las almas.
3° Dignidad: la sotana asegura al sacerdote un porte externo digno y conveniente a su condición de representante de Cristo y dispensador de los misterios de Dios.

Algo de esto atisbaba un joven monaguillo, con claras inquietudes vocacionales, cuando confidenciaba a sus padres: yo quiero ser sacerdote, pero de los de sotana.




martes, 8 de agosto de 2017

CUANDO EL MUNDO SE HACE OFRENDA

«Que Él nos transforme en ofrenda permanente», se dice en la Plegaria Eucarística III del Misal Romano. Solo Cristo, uniendo la creación entera a su propia inmolación, puede convertirla en ofrenda pura, en sacrificio da alabanza, en hostia santa; todo lo que no es «por Cristo, con Él y en Él» está destinado a perderse en la insignificancia. Así lo expresa un gran papa y doctor de la Iglesia:

«E
n efecto, es singularmente la hostia eucarística la que salva al alma de la muerte eterna, esa hostia que a través del misterio eucarístico renueva para nosotros la muerte del Unigénito, el cual, si bien habiendo resucitado de entre los muertos ya no muere y la muerte no le dominará nunca más, sin embargo, aunque en sí mismo vive de un modo inmortal e incorruptible, se inmola de nuevo por nosotros en este misterio de la sagrada ofrenda eucarística. Y es que en este sacramento se toma su cuerpo, se reparte su carne para la salvación del pueblo y se derrama su sangre, no ya a manos de los infieles, sino en la boca de los fieles.
Así pues, a partir de lo dicho pensemos cuánto valor tiene para nosotros este sacrificio que continuamente reproduce, por nuestro perdón, la pasión del Hijo Unigénito de Dios. ¿Pues qué fiel podría albergar alguna duda de que en el momento mismo del sacrificio eucarístico, a la voz del sacerdote, se abren los cielos; y de que en el misterio de Jesucristo asisten los coros de los ángeles, las profundidades se juntan con las alturas, la tierra se une a los cielos y de lo visible y lo invisible llega a hacerse una sola y misma cosa? (San Gregorio Magno, Diálogos, n° 60, 2–3. El destacado es nuestro). 

domingo, 6 de agosto de 2017

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR, UN BREVE ANTICIPO DEL GOZO ETERNO

La Transfiguración de Tiziano (1566)

Así responde Santo Tomas de Aquino al porqué de la transfiguración del Señor; momento particularmente glorioso de la vida de Cristo que «nos invita a abrir los ojos del corazón al misterio de la luz de Dios presente en toda la historia de la salvación» (Benedicto XVI, 6 de agosto de 2006).

«D
espués de anunciar su pasión, el Señor había inducido a sus discípulos a seguirle por el mismo camino. Ahora bien, para que uno marche directamente por el camino, es necesario que, de algún modo, conozca el fin con anterioridad; así como el arquero no disparará bien la flecha si antes no conoce el blanco al que tiene que dirigirla. Por eso dijo Tomás en Jn 14, 5: Señor, no sabemos a dónde vas, pues ¿cómo podemos saber el camino? Y esto es especialmente necesario cuando el viaje es difícil y áspero y el camino laborioso, pero el fin alegre. Ahora bien, Cristo llegó a conseguir la gloria por medio de su pasión, no sólo la del alma, la cual gozó desde el principio de su concepción, sino también la del cuerpo, según el pasaje de Lc 24, 26: Fue necesario que Cristo padeciese esto y que entrase así en su gloria. A ésta conduce también a los que siguen las huellas de su pasión, conforme a lo que se lee en Act 14, 21: Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el reino de los cielos. Y por esto fue conveniente que manifestase a sus discípulos la gloria de su claridad (que es lo mismo que transfigurarse), con la que configurará a los suyos, como leemos en Fil 3, 21: Transformará nuestro cuerpo miserable, conformándolo a su cuerpo glorioso. Por lo que dice San Beda In Mar: Piadosamente proveyó que, mediante la breve contemplación del gozo eterno, se animasen a tolerar las adversidades» (Santo Tomás de Aquino, S. Th., III, q. 45, a.1 c).

viernes, 4 de agosto de 2017

PREOCUPADO POR EL AJUAR DE DIOS

Siempre recuerdo con humor un comentario sobrado de ironía pero no exento de verdad que oí a un anciano historiador sobre la reforma litúrgica: mira, me decía, quisieron hacer una misa pobre para los pobres y los pobres dejaron de ir a misa. Afortunadamente no fue este el criterio que guió al santo Cura de Ars cuando, movido por su incansable celo apostólico, emprendió la conquista de la nueva grey que se le encomendaba.  
En una de las mejores biografías sobre San Juan María Vianney, encontramos un claro testimonio de su preocupación generosa y sacrificada por el decoro del culto y la liturgia. Vivía lo que diariamente recitaba silenciosamente en el ofertorio de la misa: Domine, dilexi decorem domus tuæ, et locum habitationis gloriæ tuæ; Señor, he amado el decoro de tu casa y el lugar donde reside tu gloria. También por esto Dios colmó de fecundidad el ministerio de su humilde siervo.
  
«L
a santificación del domingo, sin la cual la vida cristiana queda reducida a la nada, fue el primer objetivo que se propuso. La casa del Señor estaba abandonada; era, pues, menester conducir a ella a los fieles, y para esto darle más atractivo… El Rdo. Vianney amó en seguida aquella antigua iglesia como si fuese su casa paterna. Para embellecerla, comenzó por lo principal, o sea, por el altar, centro y razón de ser de todo el templo… La iglesia ganó mucho en decencia y novedad.
Después procuró aumentar el ajuar de Dios, como decía en su lenguaje sabroso y lleno de imágenes. Visitó en Lión los talleres de bordados y orfebrerías y compró cuanto le pareció de más precio. En la campiña, decían aquellos comerciantes admirados, hay un cura pobre, delgado y mal arreglado, que parece no tener un céntimo, y se lleva para su iglesia lo mejor. Un día de 1825, la señorita de Ars fue con él a la ciudad para comprar ornamentos para la misa. A cada cosa que le mostraban, repetía: ¡No me parece bastante bien!... ¡Ha de ser mejor que esto!
Estas transformaciones materiales no fueron en modo alguno inútiles. Fueron una prueba del celo del pastor y alegraron a las almas fervorosas; algunos, desconocidos en el templo, con más curiosidad, quizás, que devoción, se dejaron ver en la iglesia los domingos» (Francis Trochu, El Cura de Ars, Ed. Palabra, Madrid 1986, p. 172).

martes, 1 de agosto de 2017

MÁXIMAS DE VIDA ETERNA

Cada año la Iglesia recuerda en este día la egregia figura de San Alfonso María de Ligorio (1696–1787): santo, fundador, obispo, doctor celosísimo, patrono de confesores y moralistas… Su vida encarna de manera admirable el título mismo de una de sus más célebres obras de espiritualidad: Práctica del amor a Jesucristo. Esta obra que ha ayudado a tantas almas a conocer y amar a Jesucristo se cierra con 18 máximas –máximas de vida eterna las llama san Alfonso– que, grabadas en la mente del cristiano, aseguran el vivir recto y virtuoso que conduce a la salvación:

• Todo lo de esta vida termina, tanto el gozar como el sufrir. La eternidad no acaba jamás.
• En la hora de la muerte ¿de qué sirven todas las grandezas de este mundo?
• Todo lo que viene de Dios, sea próspero o adverso, es bueno y para nuestro bien.
• Es necesario dejar todo, para ganarlo todo.
• Sin Dios no puede haber paz.
• Solo amar a Dios y salvarse, es necesario.
• Solo hay que temer el pecado.
• Si se pierde a Dios, todo se ha perdido.
• El que no desea nada de este mundo, es señor del mundo.
• El que reza se salva, el que no reza se condena.
• Venga la muerte, pero sea para agradar a Dios.
• Cueste Dios lo que costare, nunca es demasiado caro.
• Para el que ha merecido el infierno, toda otra pena es ligera.
• Quien mira a Jesús en la cruz, todo lo sufre.
• Lo que no se hace por Dios, se convierte en pena.
• El que a solo Dios quiere, posee todos los bienes.
• Dichoso el que puede decir de corazón: Jesús mío, te quiero solo a ti y nada más que a ti.
• Quien ama a Dios, en todas las cosas encuentra contento; quien no le ama, en ninguna lo encuentra. (San Alfonso María de Ligorio, Obras maestras de espiritualidad, Ed. BAC. Madrid 2011, p. 192).

CHARLIE GARD

Fotografía:  The Sun
Vino a este mundo para ser hijo de Dios
(4-VIII.2016 – 28.VII.2017)

sábado, 29 de julio de 2017

10 AÑOS DE SUMMORUM PONTIFICUM. DE LA BELLEZA DE LA LITURGIA A LA BELLEZA DE LA GLORIA


Entre tantos artículos que han aparecido con motivo del décimo aniversario de Summorum Pontificum, me he topado con un testimonio breve y finísimo de Stefanno Chiappalone, que ahora presento traducido al español. El autor, colaborador de Alleanza Cattolica, familiarizado con los temas belleza y culto –la via pulchritudinis de Benedicto XVI–, nos narra su primer encuentro con la antigua liturgia y cómo la belleza exuberante de su rito le condujo a entrever la belleza que se aloja en el corazón de todo rito auténticamente católico. En sus palabras veo también insinuada una delicada razón de por qué la forma extraordinaria del rito romano no conviene que sea alterada, pues su inmutabilidad es su riqueza, como sucede siempre con cualquier obra de arte. Paradójicamente, pretender enriquecerla sería empobrecerla.

10 años de "Summorum Pontificum"
Por Stefano Chiappalone


C
orría el año 2001 y todavía recuerdo con asombro las páginas de un viejo misal con las palabras: «Introibo ad altare Dei: ad Deum qui laetificat iuventutem meam»; «Llegaré al altar de Dios. Al Dios que alegra mi juventud». Efectivamente, mi joven edad de entonces se alegró no poco cuando, de allí a pocos meses, esas palabras tomaron cuerpo en la capilla de unos amigos sacerdotes que oficiaban también con el viejo misal gracias al indulto concedido por el Papa San Juan Pablo II (1978- 2005). El sacerdote mismo desaparecía, vuelto también él en dirección al Oriente, vuelto hacia el Señor, como cada uno de los fieles; una multitud de gestos, reverencias y genuflexiones, de signos de la cruz y besos al altar. Quizá demasiados, según cierto racionalismo moderno que ignora la lógica del amor. ¿Pero qué madre no multiplicaría las caricias hacia su hijo? ¿Y qué enamorado es parco en los besos para con su amada? La liturgia de los gestos se entrelazaba luego con la del silencio, en un continuo in crescendo de lo que, en términos profanos, podríamos definir como el clímax de un drama que va de la tragedia del Gólgota a la poesía de aquel Prólogo del Evangelio de Juan, que concluía la celebración como destilando el misterio recién vivido: «Et Verbum caro factum est et habitavit in nobis: et vidimus gloria eius», «y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria».

También la belleza de la liturgia evangeliza, como lo demuestra el famoso episodio de la conversión de Rus [pueblos del actual norte de Rusia, N. de T.] y, en tiempos más recientes, el número –quizá no mayoritario, pero no por eso irrelevante– de aquellos que después de diez años vuelven con el ánimo agradecido a aquel 7 de julio de 2007, cuando el entonces Papa Benedicto XVI (2005-2013), con el motu proprio Summorum Pontificum, reconocía la plena ciudadanía en la Iglesia a la liturgia anterior a las reformas que tuvieron lugar a finales de 1970; liturgia que existe, por tanto, como la «forma extraordinaria», junto a la más reciente. El origen de tal propuesta no respondía a la simple nostalgia, ya que «… también personas jóvenes descubren esta forma litúrgica, se sienten atraídos por ella y encuentran en la misma una forma, particularmente apropiada para ellos, de encuentro con el Misterio de la Santísima Eucaristía» (Carta a los Obispos con ocasión de la publicación del motu proprio del 7 de julio de 2007).

Entre los críticos de aquel documento pontificio no faltó quien redujera este fenómeno a puro esteticismo, como si se tratara de una cuestión de meras decoraciones del altar o adornos en los ornamentos. Si no fuese tan reductiva, tal crítica tendría incluso algo de verdad; lo que me atrajo de la liturgia antigua fue también sin duda una experiencia estética, pero se trataba de una belleza en tal modo grande y eterna, que para poder expresarla no hubiese bastado todo el oro y el incienso del mundo. En aquel antiguo misal, que hojeaba con el asombro de tener entre las manos algo que estaba entre un samizadt [término que designaba la copia y distribución clandestina de literatura prohibida por el régimen soviético, N. de T.] y un fragmento de un planeta por descubrir, entreveía la belleza que se encuentra en el corazón de toda liturgia. A través de la «misa extraordinaria» descubrí que toda misa, en cualquier rito, es extraordinaria. Y confieso que sentí nostalgia, no tanto del pasado, cuanto de aquellas cosas del más allá y que están por venir,  «aquellas cosas que ni ojo vio, ni oído oyó» (1 Cor 2, 9).

jueves, 27 de julio de 2017

TRAS LOS VIENTOS QUE CORREN



«Sobre el campanario de la iglesia moderna,
el clero progresista, en vez de cruz, coloca una veleta»
(Nicolás Gómez Dávila)












lunes, 24 de julio de 2017

LA IGLESIA Y SU DEBER PARA CON EL LATÍN


Publico la traducción castellana de un sugerente artículo del padre David Friel sobre los lazos que atan la Iglesia y la lengua latina. Inspirado en un texto de Juan Pablo II, el Padre Friel hace un planteamiento ingenioso de las relaciones entre la Iglesia y el latín: no nos recuerda tanto los beneficios del latín, sino que nos invita a pensar sobre los deberes que la Iglesia guarda para con esta lengua señera que ha acompañado su vida desde los orígenes. El interés con que hoy tantas naciones y culturas tratan de rehabilitar y conservar sus lenguas aborígenes, contrasta con el generalizado desinterés que se observa dentro de la Iglesia por las lenguas con las que guarda vínculos históricos indisolubles.

JPII: "La Iglesia romana tiene obligaciones
especiales con el latín"

Por Fr. David Friel
Artículo original: ccwatershed.org

¿C
uál es el papel del latín en la Iglesia contemporánea? Por un lado, el latín sigue siendo el idioma oficial de la Iglesia y de su liturgia; por otra parte, el estudio del latín se abandona en gran medida y no se utiliza en la mayoría de sus ámbitos posibles.
¿Cuál debería ser el rol de la lengua latina en la Iglesia del siglo XXI?
Nos vendría bien revisar algunas palabras escritas por el Papa San Juan Pablo II en su carta del Jueves Santo de 1980. En la tercera sección de la carta, el Santo Padre aborda el tema de las "dos mesas del Señor" (Palabra y Eucaristía). El reconoce las dimensiones positivas de las lecturas en lengua vernácula introducidas después del Concilio Vaticano II: «El hecho de que estos textos sean leídos y cantados en la propia lengua, hace que todos puedan participar y comprenderlos más plenamente» (Dominicae cenae, 10).
Pero a renglón seguido, Juan Pablo II observa que la introducción de la lengua vernácula también ha causado ciertos efectos negativos. Dice al respecto:
«No faltan, sin embargo, quienes, educados todavía según la antigua liturgia en latín, sienten la falta de esta ‘lengua única’, que ha sido en todo el mundo una expresión de la unidad de la Iglesia y que con su dignidad ha suscitado un profundo sentido del Misterio Eucarístico. Hay que demostrar pues no solamente comprensión, sino también pleno respeto hacia estos sentimientos y deseos y, en cuanto sea posible, secundarlos, como está previsto además en las nuevas disposiciones» (Dominicae cenae, 10).
Luego, como restándole importancia, el Santo Padre hace una declaración portentosa: «La Iglesia romana tiene especiales deberes con el latín, espléndida lengua de la antigua Roma, y debe manifestarlo siempre que se presente la ocasión» (Dominicae cenae, 10).
Se trata, por cierto, de una declaración absolutamente extraordinaria. No dice simplemente que la Iglesia tiene una relación amistosa con el latín; no dice solamente que hay una conexión histórica entre la Iglesia y la lengua latina; tampoco dice que el latín haya sido solamente útil a la Iglesia. El tenor de esta afirmación se mueve al nivel de un «deber». La Iglesia, según San Juan Pablo II, tiene obligaciones hacia la lengua latina.
Esta visión de la relación de la Iglesia con el latín es muy diferente a la perspectiva sostenida por muchos liturgistas postconciliares. Considérese, por ejemplo, la siguiente reflexión de la obra clásica de Martimort, La Iglesia en Oración:
«Por otra parte, queda todavía lugar, por más restringido que sea, para el repertorio tradicional, testigo de la oración de las diversas generaciones  cristianas, y sobre todo para el canto gregoriano latino, que es el único que puede asegurar fácilmente la participación de todos en una asamblea internacional» (A.G. Martimort, La Iglesia en Oración. Introducción a la Liturgia, Ed. Herder, Barcelona 1987, p. 194).
Esta visión considera el latín como una cosa curiosa, si bien amable, del pasado histórico de la Iglesia. Tal enfoque me parece irónicamente miope. Martimort comienza por reconocer que el lugar del repertorio latino tradicional es bastante limitado, para terminar alabando el valor del repertorio latino en las reuniones internacionales. Esto es esencialmente una profecía autodestructiva. Si el uso del canto gregoriano va a ser generalmente reducido por ser hoy bastante «limitado», después de un período bastante corto, dejará de ser una fuente efectiva de unidad entre los fieles en las reuniones internacionales.
Parece que aquí se puede observar algo evidente; después de todo, ¿no es este el modo en que la situación se ha desarrollado durante los años transcurridos desde el concilio? El abandono extendido de la herencia musical de la Iglesia a raíz del Concilio ha dejado a generaciones enteras de católicos sin el conocimiento práctico o la experiencia vivida del canto gregoriano, de tal manera que el uso del latín en las reuniones internacionales rara vez logra ayudar a los fieles «a participar fácilmente».
El efecto natural de «limitar» el repertorio tradicional parece tan evidente, que uno se pregunta si la ignorancia generalizada del latín y del canto no se deba más bien a un proyecto.

◊     ◊     ◊

El Papa Juan Pablo II no especificó cuáles eran esas «obligaciones hacia el latín» por parte de la Iglesia cuando las mencionó en 1980. Tal vez valga la pena hacerlo ahora.

viernes, 21 de julio de 2017

EL PADRE SOSA Y LAS VIEJAS RÚBRICAS


Por fin un jesuita iunctis manibus ante pectus, con las manos juntas ante el pecho, conforme a la antiquísima rúbrica del misal romano.

jueves, 20 de julio de 2017

UNA REFLEXIÓN SOBRE EL NOMBRE DE DIOS

La revelación del nombre de Dios contenida en el libro del Éxodo ha inspirado profundas reflexiones en muchos Padres y Doctores de la Iglesia. San Agustín nos ha dejado unas valiosas consideraciones sobre el misterio de Dios al meditar las respuestas que Dios da a Moisés sobre cuál es su nombre. Ser inmutable y eterno; Creador misericordioso amante de los hombres, son las principales notas que Dios ha querido revelar a su siervo Moisés. En los siguientes comentarios de San Agustín se puede apreciar una vez más, cómo su honda formación platónica y su fe profunda en la revelación divina, se funden en una armoniosa síntesis teológica al servicio de la comprensión de la fe: fides quærens intellectum.

«H
abla Dios a Moisés… Dice, pues: Yo soy el que soy; me envió el que es. Al preguntar por el nombre de Dios, se le contestó eso: Yo soy el que soy. Dirás a los hijos de Israel: El que es, me envió a vosotros. ¿Qué significa eso? ¡Oh Dios, oh Señor nuestro!, ¿cómo te llamas? Contesta: me llamo “Es”. ¿Y qué significa “Me llamo Es”? Que permanezco eternamente, que no puedo cambiar. Porque las cosas que cambian no son, pues no permanecen. ¿Qué significa permanecer? Lo que se muda fue algo y será algo; pero no es, puesto que es mudable. Luego la inmutabilidad de Dios se dignó presentarse con este vocablo: Yo soy el que soy».
¿Por qué entonces después se puso otro nombre al decir: Y dijo el Señor a Moisés: Yo soy el Dios de Abrahán. El Dios de Isaac, el Dios de Jacob? Porque como Dios es inmutable, hizo todas las cosas por misericordia, y el mismo Hijo de Dios se dignó tomar carne mudable, permaneciendo en su ser Verbo de Dios, para venir y socorrer al hombre. Se dignó, pues, revestirse de carne mortal aquel que es, para que pueda decirse: Yo soy Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob». (San Agustín, Sermón VI sobre La vocación de Moisés, 4-5, Ed. BAC, Madrid 1981, Vol. VII, p. 106)

«D
ecía, pues, el ángel, y en el ángel el Señor a Moisés, cuando le preguntaba su nombre: Yo soy el que soy. Esto dirás a los hijos de Israel. El que es me envió a vosotros. Ser es vocablo de inmutabilidad. Todo aquello que cambia deja de ser lo que era y comienza a ser lo que no era. El ser es. Un ser verdadero, un ser puro, un ser auténtico no lo tiene sino aquel que no cambia. Él es el ser verdadero. De quien se dice: Todo lo cambias y se cambiará, pero tú eres siempre el mismo. ¿Qué significa: Yo soy el que soy, sino soy eterno? No soy criatura, ni cielo, ni tierra, ni ángel, ni virtud, ni trono, ni dominación, ni potestad. Siendo, pues, este nombre propio de eternidad, es mayor la dignación con que toma nombre de misericordia.
Yo soy Dios de Abrahán, y Dios de Isaac y Dios de Jacob. Aquel nombre era para él, éste para nosotros. Si él hubiese querido ser sólo en sí mismo, ¿qué seríamos nosotros?  Si entendió, o mejor, puesto que entendió cuando le dijeron: Yo soy el que soy, el que es me envió a vosotros, creyó que esa sublimidad era excesiva para los hombres, y vio que esa sublimidad distaba mucho de los hombres. Porque quien entendiere dignamente lo que es y auténticamente es, y fuere tocado por la luz de la esencia veracísima, aunque sea repentinamente como un relámpago, se ve muy inferior, muy distante, muy desemejante… Dios reanima al que desespera, pues le vio temeroso, como diciéndole: porque he dicho: Yo soy el que soy, y también: El que es me envió, has entendido qué es el ser, y has desesperado de comprenderlo. Levanta la esperanza: Yo soy Dios de Abrahán, Dios de Isaac y de Jacob. Soy el que soy, soy el mismo ser, pero de modo que quiero estar con los hombres. Así, de algún modo podremos buscar a Dios y descubrir al que es; y por cierto, no está lejos de cada uno de nosotros: pues en él vivimos, nos movemos y somos. Por lo tanto, alabemos su esencia y amemos su misericordia» (San Agustín, Sermón VII sobre La zarza que arde, 7, Id p. 117).

domingo, 16 de julio de 2017

VIRGEN DEL CARMEN BELLA

Tu gloria Ierusalem, tu lætitia Israel,
tu honorificentia populi nostri

Tú eres la gloria de Jerusalén, la alegría de Israel,
el honor de nuestro pueblo

sábado, 15 de julio de 2017

SAN BUENAVENTURA, RENDIDO POR LA CIENCIA DE LA CRUZ

Hacia el final de su opúsculo espiritual La vida mística o tratado de la pasión del Señor, San Buenaventura pone en labios de Cristo, como resumen de lo que nos ha querido enseñar con su pasión y cruz, esta conmovedora súplica: «Premia mi Encarnación y Pasión, entregándote todo a mí. Por ti me encarné, por ti padecí. Yo me di a ti; date tú a mí». Luego cierra su escrito con esta oración humilde y encendida:

«¡Oh dulcísimo buen Jesús! Padre de las lumbres de quien procede toda dádiva buena y doto don perfecto (Sant 1, 7), mira con ojos de misericordia a los que humildes te confesamos, a nosotros que verdaderamente sabemos que nada podemos hacer sin Ti; Tú, que te diste en precio de nuestro rescate, haz que, aunque menos dignos de tanto precio, nos rindamos a tu gracia íntegramente, perfectamente y en todo; y así conformados a la imagen de tu pasión, recobremos también aquella que perdimos pecando, la imagen de tu divinidad. Por nuestro Señor. Amén». (San Buenaventura, en Diez opúsculos místicos, Buenos Aires 1947, p. 347)

jueves, 13 de julio de 2017

ENLOQUECIDA POR EL AMOR


Si el Evangelista Juan pudo escribir: «hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16), a Santa Teresa de los Andes se le podría atribuir, parafraseando al discípulo amado, una sentencia similar: he conocido el amor que Dios me tiene y he enloquecido por él. Solo un crecimiento vertiginoso en el amor a Dios puede explicar que un alma pura y delicada, antes de alcanzar los 20 años, fuera elevada a las más altas cumbres de la santidad y de la contemplación infusa.
Teresa desde muy joven se sintió cautivada por el Corazón de Cristo: «En este instante estoy presa por Él. Me tiene encarcelada en el horno del amor. Vivo en él, mi hermana querida. ¡Qué paz, qué dulzura, qué silencio, qué mar de bellezas encierra ese divino Corazón!». Locura es el término más apropiado para describir su vida. Al poco tiempo de entrar en el Carmelo, escribe una carta a su hermano Luis donde se halla una de sus frases célebres: «Cuando una ama, no puede hablar sino del objeto amado. ¿Qué será cuando el objeto amado reúne en sí todas las perfecciones posibles? No sé cómo puede hacer otra cosa que contemplarle y amarle. ¿Qué quieres si Jesucristo, ese loco de amor, me ha vuelto loca»?
¡Cuánta razón llamar a los santos los locos de Cristo! ¡Y qué locura más razonable y dichosa!

sábado, 8 de julio de 2017

PRIMERA MISA SOLEMNE EN LA CATEDRAL DE PAMPLONA

E
n el grandioso templo de la Catedral de Pamplona, el joven sacerdote José María Egurrola, natural de Bilbao y perteneciente al Instituto del Buen Pastor, celebró su primera misa solemne en la forma extraordinaria del rito romano.  A continuación algunos momentos de la emotiva y hermosa celebración, que tuvo lugar el pasado 4 de julio.




jueves, 6 de julio de 2017

SUMMORUM PONTIFICUM, UN ACTO DE JUSTICIA

Gratias tibi o Benedicte!

Con motivo del décimo aniversario del Motu Proprio Summorum Pontificum por el que Benedicto XVI levantó las absurdas trabas que pesaban sobre el uso de la antigua liturgia, me parece interesante releer un texto extraído de las memorias del papa Ratzinger, cuya atenta lectura ayuda a comprender hasta qué punto a sus ojos Summorum Pontificum era un acto de justicia que no consentía más demora. En este aniversario agradecemos de todo corazón al papa emérito haber devuelto a la Iglesia lo que era suyo, lo que no podía dejar de pertenecerle, y que de un modo hasta entonces desconocido se le había arrebatado.

«P
ara la mayor parte de los padres conciliares la reforma propuesta por el movimiento litúrgico no constituía una prioridad; más aún, para muchos de  ellos ni siquiera era un tema a tratar. Por ejemplo, el cardenal Montini, que después, como Pablo VI, se convirtió en el verdadero papa del Concilio, al presentar su síntesis temática al comienzo de los trabajos conciliares, había dicho con claridad que él no alcanzaba a encontrar en este asunto ninguna tarea especial para el Concilio. La liturgia y su reforma se habían convertido, desde el final de la Primera Guerra Mundial, en una cuestión apremiante solo en Francia y Alemania y, de un modo más preciso, desde el punto de vista de una restauración lo más pura posible de la antigua liturgia romana; a ello se unía también la exigencia de una participación activa del pueblo en el acontecimiento litúrgico. Estos dos países, entonces teológicamente en primer plano (a los que se necesitaba añadir obviamente Bélgica y Holanda), consiguieron obtener en la fase preparatoria que se elaborase un esquema sobre la Sagrada Liturgia, que se insertaba de un modo más bien natural en la temática general de la Iglesia. Que después este texto haya sido el primero en ser examinado por el Concilio no dependió en absoluto de que creciera un interés por la cuestión litúrgica en la mayoría de los padres, sino del hecho de que no se preveía que hubiera grandes polémicas y de que, en cualquier caso, se consideraba el conjunto como objeto de un ejercicio en el que se podían aprender y experimentar los métodos de trabajo del Concilio. A ninguno de los padres se le habría pasado por la cabeza ver en este texto “una revolución” que habría significado el “fin del Medievo”, como a la sazón algunos teólogos creyeron deber interpretar…»
«En este contexto, no sorprende que la “misa normativa” que debía entrar –y entró– en el lugar del Ordo missæ precedente fuese rechazada por la mayor parte de los padres convocados en un sínodo especial en el año 1967. Que algunos (¿o muchos?) liturgistas que estaban presentes como asesores tuviesen ya desde el principio la intención de ir mucho más allá, hoy se puede deducir de algunas de sus publicaciones; no obstante, seguramente no habrían recibido el consentimiento de los padres a estos deseos» (Joseph Ratzinger, Mi vida, Ed. Encuentro, Madrid 2005, p. 119-121).