viernes, 14 de abril de 2017

TEXTOS PARA SEMANA SANTA. LA COMPASIÓN DE MARÍA


«Y
 ahora, ¿qué lengua será bastante a declarar, o qué entendimiento a comprender, oh Virgen Santa, la inmensidad de tus desolaciones? Presente a todos esos martirios, participando en todos ellos, viste con tus propios ojos aquella carne bendita y santa, que tú virginalmente concebiste, y tiernamente alimentaste y criaste, y tantas veces reclinaste en tu seno y besaste juntando labios con labios, vístela desgarrada por los azotes, perforada por las espinas, ya herida con la caña, ya injuriada con puñadas y bofetones, ya taladrada con clavos, ya pendiente del madero de la cruz, rasgada con su propio peso, expuesta a todos los escarnios y en fin amargada por la hiel y el vinagre. Viste también con los ojos de la mente aquella alma divinísima repleta de la hiel de todas las amarguras, ya sacudida de espirituales estremecimientos, ya llena de pavor, ya de tedio, ya agonizante, ya angustiada, ya turbada, ya abatida por la tristeza y el dolor, parte por el vivísimo sufrimiento del cuerpo, parte por el ardiente celo de reparar el divino honor, violado por el pecado, parte por la afectuosa conmiseración de nuestras miserias, parte por la compasión que de ti, su Madre dulcísima, tenía, cuando, desgarrado el corazón, viéndote presente, te dirigió una mirada de piedad y aquellas dulces palabras: Mujer, he ahí a tu hijo (Jn 19, 26), para consuelo de tu alma angustiada, pues sabía que te traspasaba la espada de la compasión más fuertemente más fuertemente que si fueras herida en tu propio cuerpo»
(San Buenaventura, El árbol de la vida, en 10 opúsculos místicos, Buenos Aires 1947, p. 145).

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