miércoles, 15 de noviembre de 2017

LA MAJESTUOSIDAD DE UNA RÚBRICA

 

En la Forma Extraordinaria del Rito Romano, concluido el prefacio con el rezo del Sanctus, nos topamos con una solemne rúbrica que señala los gestos con que el sacerdote debe comenzar la recitación silenciosa del Canon. Dice así:
Sacerdos extendens, elevans aliquantulum et jungens manus, elevansque ad cælum oculos, et statim demittens, profunde inclinatus ante Altare, manibus super eo positis, dicit secreto:
Te ígitur, clementíssime Pater…

El sacerdote, extendiendo y elevando un poco sus manos para luego unirlas, junto con elevar sus ojos al cielo para bajarlos de inmediato, profundamente inclinado ante el Altar y con las manos puestas sobre él, dice en secreto:
A Ti, pues, Padre clementísimo…


Es imposible imaginar una gestualidad tan sencilla y al mismo tiempo tan llena de sacralidad. Una bella sincronía de movimientos, cada uno cargado de sentido, parece elevar hacia lo alto el ser entero del celebrante, para luego abatirlo en humilde reverencia sobre el altar, símbolo de Cristo, que besa con santa unción. Súplica, estupor, adoración, amor filial, oración silenciosa y recogida, se dan cita para acompañar al sacerdote en su entrada regia al Sancta Sanctorum de la Misa. Nada de esto ha permanecido en el Novus Ordo. El celebrante inicia la Plegaria Eucarística como si se tratara de una oración más de la misa; entra en el Sancta Sanctorum del Canon «como Pedro por su casa», como dice el adagio popular, incluso hasta cantando. Triste.

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